Abreojos

En tiempo seco y caluroso desviarte de cualquier camino y aventurarte campo a través con la bicicleta conlleva, por estas tierras, el casi seguro riesgo de pinchar. Unas diminutas semillas secas, redondas y con robustas puntas, se quedan adheridas a la rueda con la suficiente fuerza como para llegar hasta la cámara y fastidiarnos el paseo.

La naturaleza también se defiende.

abrojos

Son abrojos. La planta ya seca ha decidido dejar como rastro estas pequeñas semillas convenientemente acorazadas.

En estos territorios las llaman abreojos, no sé si como deformación de la palabra o como origen etimológico. Acaso se llamen así porque tienes que abrir los ojos para evitarlos, o tal vez es porque si los pisas -especialmente si vas descalzo- abres los ojos.

En los pequeños museos de las pequeñas ciudades suelen elegir una pieza de su colección como pieza del mes, para destacarla y hacerla, por unos días, protagonista. Así, de paso, pretenden llamar la atención, con la descabellada intención de atraer más gente a sus salas.

Hace unos meses, en la pequeña ciudad capital de estas tierras su museo eligió como pieza del mes esto:

abrojo

Es una pequeñísima pieza de bronce del siglo XIV. Un abrojo. O cuando nos decidimos a imitar a la naturaleza.

Se trata de una devastadora arma pasiva, diminuta, barata, fácil de transportar, que no precisa entrenamiento, ni especial pericia, su uso, ni mantenimiento, y muy, muy efectiva. Un arma terrible, convenientemente dispersada, para los soldados a pie, y aún más para los caballos.

Este abrojo se lanzaba sobre el campo de batalla y, al tener cuatro puntas, siempre caía de pie, apoyado sobre tres de esas puntas, quedando una de ellas apuntando hacia arriba, preparada para herir y clavándose inevitablemente en los pies de los soldados y en las pezuñas de los caballos que caían sin remedio. Las heridas eran muy dolorosas. A menudo, además, se infectaban.

En los últimos años del franquismo, los manifestantes y huelguistas, a falta de abrojos, iban cargados de bolsas de garbanzos. Cuando la policía se acercaba preparada para cargar a caballo, derramaban esta leguminosa sobre las calles. Los pobres caballos resbalaban al pisarlos cayendo al suelo y tirando, de paso, al policía que enarbolaba amenazante la porra.

Hoy tan solo se siguen utilizando estos abrojos en ciertos controles policiales formando cadenas que, al desplegarse, se activan para inutilizar los neumáticos de los vehículos que pretenden saltárselos.

Más o menos como me pasó a mí con la bicicleta.

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