Considerando la tierra en su conjunto

palas

A pesar de su dureza, tan absolutamente metálica, han llegado a perder, en alguna vieja batalla, algún diente, y ahora el óxido, donde antes hubo una brillante y pulida lámina, las cubre.

A pesar de su dureza, tan absolutamente metálica, que no les permite ni hablar siquiera entre ellas, les gusta permanecer juntas en silencio, al sol o bajo la lluvia, recordando los buenos viejos tiempos.

Pero no se resignan. A pesar de su dureza, tan absolutamente metálica, llevan mal la inactividad, esa paz fría de las naves y las explanadas. Aún pueden trabajar y, de hecho, de vez en cuando, alguien recurre a ellas para cosas de poca enjundia. Al final de la jornada regresan rejuvenecidas y manchadas de barro.

Ahora ven pasar el tiempo, casi inertes, en silencio, una al lado de la otra, como si hubieran caído por azar en esa pequeña explanada a la puerta de la nave. Probablemente tampoco hablarían si pudieran.

Su antigua voracidad y violencia, considerando la tierra en su conjunto, no era más que una leve caricia.

Cuando llueve, les gusta recoger algo de agua de lluvia. Siempre hay un pájaro que se posa a beber.

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