Aviones en el cielo

Delichon_urbicum_adult_1894Delichon urbicum
A Monograph of Hirundinidae or Family of Swallows
. Richard Bowdler Sharpe. 1894.

Que la muerte de un pájaro se abra un huequecito entre las noticias del día es, no solo algo sorprendente, sino uno de los escasos síntomas que nos indica que no todo, a pesar de lo que pueda parecer, está perdido.

Aún queda espacio, aunque sea en los márgenes.

Unos alumnos de Zoología durante unas prácticas, mientras analizaban los restos -que tienen, a pesar de su origen y aspecto, el helénico y casi épico nombre de egagrópilas- no digeridos y regurgitados de un cárabo, distinguieron entre ellos los huesos de un avión común, su pequeño fuselaje.

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Muere el ejemplar de avión común más longevo
Un ejemplar de pájaro de la especie conocida como avión común, que fue anillado en 2005 por la Universidad de Extremadura y SEO/BirdLife, ha muerto recientemente en las garras de un cárabo, siendo el más longevo de España.

Muchas de las líneas trazadas con pasmosa agilidad y precisión en los cielos de nuestras ciudades y pueblos, las dibujan grupos de aviones comunes (Delichon urbicum), ave que pertenece a la familia de las golondrinas, se alimenta de los insectos que captura al vuelo y construye sus nidos de barro bajo los alféizares y aleros de los edificios para disgusto de sus dueños.

Éste del que hablan los periódicos, fue anillado hace ocho años, cuando era un polluelo, dentro de un proyecto ornitológico para estudiar las poblaciones y los movimientos de esta especie.

Ahora, al analizar las bolas regurgitadas, formadas por los restos de alimentos que resultaron indigeribles -las egagrópilas, para entendernos- de uno de los cárabos comunes que rondan el campus, han encontrado, junto a los huesos de un pequeño pájaro, la anilla con la que fue marcado hace ocho años. Como para digerirla.

No se conoce ningún caso de mayor longevidad. Vivir ocho años, para un avión común, es del todo inusual. Su esperanza media es de dos o tres años tan solo.

También resulta extraño que este pájaro, que pertenece a una especie migratoria y que se desplaza largas distancias, haya terminado sus días en un lugar que dista apenas cuatrocientos metros de donde fue anillado. Tal vez viajó a África y después supo volver con increíble precisión al lugar de de donde partió.

Hace no mucho, debió morir -también- en extrañas circunstancias. No es una presa común para el cárabo. Vuela demasiado deprisa. No se posa para alimentarse. Tal vez descendió a tierra para coger barro con el pico para construir un nido. ¡Un nido! -se dijo- ¡a estas alturas!. Y allí debió cazarlo el cárabo.

Que se dio un buen festín. Aunque algo indigesto con la maldita anilla.

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¿Somos parte de algo -una bola deforme e indefinida de cosas indigeribles- que han regurgitado otros o somos nosotros los que, de vez en cuanto, vomitamos aquello que no podemos digerir? ¿Por qué lo hemos engullido entonces?

¿Moriremos también tan cerca de nuestro lugar de partida? ¿Lo haremos después de haber dado varias veces la vuelta al mundo o, acaso, sin habernos nunca alejado mucho de él? ¿Viviremos más de lo que pensamos? ¿Nos dará tiempo o nos sobrará? ¿Por qué el cielo es tan azul?

¿Cuántos vuelos son necesarios para construir un nido de barro con el pico? ¿Tiene sentido construir cada año un nuevo nido? ¿Cuándo nos atacará el cárabo con sus garras por la espalda? ¿Conservaremos cuando eso ocurra, al menos, la anilla?

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