La cambiante consistencia del hormigón fresco

Hay noticias -y no me refiero sólo a las económicas- que se parecen demasiado a un mal sueño.

La ciudad -ella en sí misma ya lo es- está llena de trampas. Andar con mil ojos no es suficiente. No sabes por dónde te va a acometer lo imprevisto. Un coche saltándose un semáforo, un ciclista por la acera, un tipo corriendo a la vuelta de la esquina, la varilla de un paraguas en el ojo, una baldosa levantada… Porque, sobre todo, hay que saber muy bien dónde pone uno los pies.

hormigon

Pide ayuda al hundirse en hormigón fresco
30.11.13. Los agentes de la Policía Local de Badajoz fueron comisionados a las 19.45 horas del jueves a la calle Rafael Cabezas, en las proximidades de la Audiencia, para socorrer a un hombre que había introducido los pies en una zanja rellena de hormigón fresco. La zona estaba señalizada, pero el peatón no se percató, por lo que tuvo que solicitar ayuda para liberarse.

De repente notó que se hundía, pero ya era demasiado tarde -el suelo estaba demasiado blando- y tenía ya los dos pies dentro.

No tenía mucho sentido, pero casi le entraron ganas de reír, si no fuera por la angustia que se estaba empezando a apoderar no sólo de él, sino de sus movimientos, que, al intentar orientarlos hacia la salida de esa inesperada trampa de hormigón fresco, no hacían más que empeorar las cosas.

Así que tuvo que gritar, pedir ayuda, mientras se seguía hundiendo. Sus movimientos eran desesperadamente inútiles, pero si se estaba quieto era peor, porque notaba entonces cómo se hundía. Estaba atrapado. Era ridículo.

Menos mal que no tardaron mucho en sacarle, porque ahora los hormigones se secan bastante rápido.

Dice el periódico que la zona estaba bien señalizada, pero que el peatón no se percató. Bueno, eso nos ocurre con bastante frecuencia, el no percatarnos del peligro por muy señalizada que esté la zanja.

Pero es que algunas de esas zanjas cubiertas de hormigón se ven tan recientes -húmedas aún y brillantes- que dan ganas de comprobar si efectivamente ya están lo suficientemente secas.

O de manera más irresponsable, no nos atrevemos a reconocer que nos gustaría comprobar -si no lo está- qué se siente al hundirse, al verse engullido por algo cada vez más denso, que nos permite movernos un poco -solo un poco y bastante torpemente- pero que no nos deja salir, esponjosa y muellemente atrapados, y empezamos a ser conscientes de que cada vez es peor.

Pero, o bien hacemos caso a las señales y nos mantenemos alejados, o bien no nos atrevemos a reconocer que nos gustaría comprobarlo, y nos limitamos -cuando no nos ve nadie- a escribir cualquier tontería sobre el cemento fresco o a dejar la huella de nuestra mano.

Como si importara.

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