La vida en los bosques (2)

Henry_David_Thoreau_1856

Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XIX, era un país nuevo en el que quedaban todavía algunas cosas por descubrir y muchas otras, por hacer.

Por aquel entonces, casi todos los escritores eran educadores, filósofos y también conferenciantes. Y como se hallaban ante una naturaleza casi virgen y una sociedad en formación, pretendían que sus ideas y aspiraciones tuvieran una aplicación práctica. Creían que lo que planteaban era posible -se diría que obligatorio- llevarlo a cabo. Pero de manera real. Era el momento.

Por eso, Henry David Thoreau, del que hace no mucho hablé aquí, se fue a vivir a los bosques. Solo y sólo con sus propios medios. Se construyó su propia cabaña y vivía de lo que plantaba, recolectaba o pescaba. Tenía, también, tiempo para escribir.

Y aunque lo hizo como un experimento -para demostrar que se puede vivir sin dinero y con muchas menos cosas, siendo la vida, como resultado de ese despojamiento, de esa vuelta a lo básico, a los orígenes, a la naturaleza, no solo más placentera, sino más útil, feliz y provechosa en todos los sentidos-, no le fue mal.

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido.

Walden_Pond_circa_1908

Todas estas cuestiones prácticas tienen, al tiempo, un carácter filosófico, casi contemplativo, conformando una especie de religión laica y natural. Allí, en los bosques de Walden, a orillas de la laguna…

Cada mañana era una alegre invitación a lograr que mi vida tuviera la misma sencillez e inocencia que la naturaleza.

El trabajo era duro pero no siempre obligatorio. Una vez hecho -o aplazado-, el día se ofrecía extenso y sin ningún tipo de atadura o convención.

Durante el primer verano no leí libros; planté judías. No, a menudo hice algo mejor. Había momentos en los que no podía permitirme sacrificar el esplendor del momento presente por trabajo alguno, de la cabeza o las manos. Quiero un amplio margen en mi vida. A veces, en una mañana de verano, tras mi baño de costumbre en la laguna, me sentaba en el umbral soleado desde el amanecer hasta el mediodía, absorto en una ensoñación, entre los pinos, nogales y zumaques, en imperturbada soledad y tranquilidad, mientras los pájaros cantaban alrededor  o revoloteaban silenciosos por la casa, hasta que, por la puesta de sol en mi ventana occidental o por el sonido del carro de algún viajero en la lejana carretera, me acordaba del paso del tiempo.

Site_Thoreau_Cabin_1908

Esa vuelta a la vida en la naturaleza nos enseña que todo es más sencillo, que un pájaro cantando -o simplemente revoloteando- alrededor de nuestra cabaña, es más valioso -y más importante- que todo lo que tenemos aquí en la ciudad. Cosas, obligaciones, convencionalismos…

Al menos aprendí con mi experimento que si avanzáramos confiadamente en la dirección de nuestros sueños y nos esforzáramos por vivir la vida que habíamos imaginado, nos encontraríamos con un éxito inesperado (…) Dejaríamos cosas detrás, traspasaríamos un límite invisible (…) Conforme simplificáramos nuestra vida, las leyes del universo parecerían menos complejas (…) Si habéis construido castillos en el aire, vuestra obra no tiene por qué perderse: están donde deben de estar. Ahora hay que poner los cimientos debajo.

Walden woods 2002

Porque aquí, en Walden, incluso las preguntas, por difíciles que sean, encuentran, sin esfuerzo, sus respuestas.

Tras una noche tranquila de invierno me desperté con la impresión de que me hubieran planteado una pregunta a la que había tratado de responder en vano mientras dormía: ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Pero amanecía la naturaleza, por la que todas las criaturas viven, y se asomaba a mis amplias ventanas con un rostro sereno y satisfecho, y en sus labios no había ninguna pregunta.

Me desperté a una pregunta contestada, a la naturaleza y a la luz del día.

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