A última hora de la tarde

cielo_nubes_luz

La noche
no conoce al día,
huye cuando amanece.
Sin embargo, el día
sí que se deja,
a última hora de la tarde,
abrazar por la noche.

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Novedades discográficas (4)

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Where Shine New Lights. Tara Jean O’Neil. Kranky Records, 2014.

Perdí el rastro de esta chica hace varios años.

Fue un tiempo de perder rastros y de no dejar ninguno. De huidas y desapariciones. Era como si la realidad, la vida, se hubiera empeñado, con obstinada dedicación, en aniquilar cualquier atisbo de ilusión.

Ahora, de manera inesperada, involuntaria y natural, ha vuelto a aparecer. Aunque eso no significa que se vayan a recuperar los rastros, que se vaya a dejar de huir, que se vaya a volver a aparecer o que se vaya a sentir, de nuevo, algo de ilusión. El disco no es para tanto. Tampoco creo que lo pretenda.

Y sin embargo está cargado de calma y de belleza.

Where Shine New Lights es la nueva colección de canciones de Tara Jane O’Neil después de cinco años de silencio. Aunque su música siempre ha sido compañera de ese silencio, hecha de lentos acordes y drones fantasmales, como si exhalara una nana -hipnótica y mínima- justo antes de que saliera el sol. De fondo, suena el zumbido del nuevo día, algo así como un oleaje lejano.

Es ideal para escuchar tumbado en el sofá mientras miras el techo. Aunque es mucho mejor si el sofá está cerca de la ventana y puedes ver pasar las nubes en el cielo azul.

Canta en una de las canciones: What you love is made of wind.

Partículas agradecidas

Los libros están empezando a ser un lastre. No hay más que comprobar cómo la gente se está deshaciendo de ellos.

Cuando tienen un hijo más, o cuando se separan, o cuando se cambian de casa, o cuando simplemente se hartan -es curioso, últimamente la gente no hace más que separarse, cambiarse de casa o hartarse de todo- no les queda más remedio que meter los libros en cajas y regalarlos, o venderlos por casi nada, o llevarlos a un desván en la casa del pueblo, o tirarlos, sin más, a un contenedor.

Así que muchos acaban en las cada vez más habituales tiendecitas que se han convertido, por acumulación, en acogedoras -y caóticas- librerías de segunda mano. En el barrio ya hay varias.

Luego, siempre hay algún despistado -vamos a llamarlo así- que se interna en ellas un poco por azar, no buscando nada en concreto, pero encontrando siempre algo. Algo raro e innecesario.

Pero no quería hablar de esto aquí. (Además, creo que ya lo he hecho)

La otra tarde en que la que andaba especialmente despistado, me dejé caer en una de estas tiendecitas de segunda mano en la que, después de curiosear un buen rato, me llamó la atención este librito, además de por su precio, por su aspecto de estar ya fuera de tiempo. Su época era otra.

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Tal vez fue de los primeros, publicados aquí, en cuestionar un mitificado paraíso soviético, que al final resultó ser nada más que su gris y cruel reverso, un infierno lento y frío, excesivamente burocratizado.

De entre los que aquí escriben, me han gustado -la mayoría de los autores seleccionados son bastante malos e insufribles- los breves relatos de apenas una página de Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor que empezó a quitarnos la maldita venda de los ojos… Ay, la vieja Rusia.

Pero tampoco quería hablar de esto aquí. (Todos estos circunloquios no son más que una excusa para copiar un parrafito al final)

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Uno de esos brevísimos relatos-Tormenta en las montañas– describe con detalle cómo, durante una excursión de varios días a la montaña, les sorprende, de noche, una feroz tormenta. Entre altos picos y profundas hondonadas, la oscuridad era sacudida por la violenta luz de los relámpagos. Se alternaba el resplandor y la negrura. Los truenos retumbaban.

Y nosotros…, nosotros nos olvidamos de tener miedo a los rayos, al trueno y al aguacero, del mismo modo que una gota de mar no teme al huracán. Nos convertimos en una insignificante partícula agradecida de este mundo. De este mundo, creado hoy por primera vez ante nuestros ojos.

Poemita (2)

nubes

Sé que no sé.

Entonces, algo ya sé,
aunque no sé muy bien el qué,
sólo sé esto que apenas sé.

Sólo sé que no sé,
y que habrá que vivir
¿como si no supiera que no sé?,
¿como si supiera que sé?,
¿como si no supiera que sé?,
¿como si supiera que no sé?

No sé…

Elogio del invierno

Todo el mundo echa pestes del invierno, del frío, del mal tiempo, de las heladas, del viento gélido, de la nieve, de los temporales de lluvia. Piensa que el paisaje es, en esta época del año, horrible, siempre gris, que todo está desolado, triste, los árboles sin hojas, el campo mustio y aterido.

La mayoría siente predilección, en cambio, por el otoño, con esa engañosa aura de melancolía y recogimiento que desprende, con ese insoportable crisol de colores ocres que lo adorna, idealizado a golpe de romanticismo barato.

Cuando el otoño no representa más que el final, la caída, la podredumbre. Y todo esto puede ser cualquier cosa, menos estético. Acaso, si quieren, conmovedor. Pero en el peor sentido de la palabra.

Es durante el invierno cuando todo brota otra vez de nuevo -un poco por costumbre, sí, pero un poco, también, inexplicablemente.

Las semillas se acurrucan bajo tierra, buscando algo de calor, a salvo del frío y las heladas, y allí empiezan a bullir. A los primeros lametazos de sol, aparecen los tímidos brotes. También os podéis fijar ya en las yemas de los almendros.

Todo sigue funcionando -¿a qué obedecerá ese impulso?- aunque no lo veamos.

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Llueve (2)

lluvia

Chisporretea la lluvia sobre la tela del paraguas, lo cierro para sentir cómo cae, me paro a oírla, a escuchar qué me cuenta, miro entonces al cielo con la boca abierta y me siento como una barca definitivamente varada, pero de nuevo mojada, agradecida por esta agua que cae, acompasada y feroz, inofensiva.

Llovía también sobre la ropa tendida.