Los hombres-castores

horizonte

Los hombres-castores viven en las lindes.
Los hombres-castores ni sufren ni padecen. Al menos, no lo aparentan.
Los hombres-castores tienen una edad indefinida.
Los hombres-castores son capaces de estar mirando durante horas la línea del horizonte.
Los hombres-castores apenas hablan. Diez o doce palabras a la semana. Y es mucho.
Los hombres-castores soportan el frío, la lluvia y el calor con la misma inexpresividad.
Los hombres-castores contraen, de vez en cuando, el rostro, levantando el labio superior y enseñando los dientes.
Los hombres-castores nunca están alegres. Pero tampoco, nunca, están tristes.
Los hombres-castores aparecen sin dar ninguna explicación. Nunca saludan. Y desaparecen de la misma manera. Nunca se despiden. Simplemente se van.
Los hombres-castores llevan siempre la misma ropa.
Los hombres-castores viven al día, de lo que pueden. Cultivan pequeñas tierras resguardadas por los taludes. O son peones en alguna obra.
Los hombres-castores madrugan todos los días del año.
Los hombres-castores beben despacio. Mucho cuando tienen dinero.
Los hombres-castores apenas hablan entre ellos.
Los hombres-castores permanecen de dos en dos, o en grupos de tres a lo sumo, cuatro ya son muchos, durante horas y horas. Tampoco les importa estar solos durante horas y horas. Durante días.
Los hombres-castores, cuando enseñan los dientes, no lo hacen con odio ni animadversión. Antes al contrario.
Los hombres-castores desaparecen en largas ausencias que no explican ni comentan.
Los hombres-castores no esperan nada de la vida.
Los hombres-castores miran caer la lluvia con atención.
Los hombres-castores se afeitan de tarde en tarde.
Los hombres-castores podrían vivir de lo que cogen en el campo, cosas silvestres.
Los hombres-castores ven pasar la vida como si pasara a lo lejos.
Los hombres-castores nunca tienen prisa.
Los hombres-castores ya han estado.
Los hombres-castores contemplarían el fin del mundo sin inquietarse lo más mínimo.
Los hombres-castores a veces contraen la cara, como si la arrugaran o hicieran estiramientos con sus músculos, enseñando los dientes, pero lo hacen sin motivo, mientras miran a lo lejos. Como si por allí pasara la vida.

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