Cosas atadas a una farola

La realidad supera a la ficción porque ésta tiene muy poca imaginación. En cambio, la realidad delira por momentos y, sin que lo esperemos o nos demos cuenta, suele dejar a la más extravagante ficción como un banal ejercicio bastante previsible. Lo real, en cambio, siempre sorprende.

De vuelta a la ciudad -especialmente fea y depresiva estos días- me he encontrado con esto en unas de las aceras de una de las calles cercanas a mi casa.

esporton

Lo normal es ver atada –encadenada– a una farola o señal de tráfico una bicicleta o una moto. Incluso no es difícil ver la rueda de una bicicleta sola, o una bicicleta a la que le falta el sillín para disuadir al posible ladrón, o una motocicleta abandonada y muy deteriorada sin ganas de seguir pagando impuestos.

Ahora, lo que más abundan son carteles encadenados que anuncian, casi desesperadamente, cosas, ofertas, menús… También he visto cadenas solas, abandonadas, añorando la llavecita que las abría, me temo que ya perdidas para siempre.

Pero esto, no sé. Un capacho o esportón debidamente atado a una farola no sé cómo interpretarlo. Tal vez lleve días y esté definitivamente dejado a su suerte. O acaso vuelva mañana el albañil a por él y sea de nuevo utilizado, cargando, tan feliz, cascotes hasta el contenedor.

Esta tarde, cuando salga, si me acuerdo, volveré a fijarme si sigue allí.

Tengo la impresión de que allí seguirá, absurdamente atado, sin que ni siquiera haya alguien que intente llevárselo. Un esportón. La cadena parece bastante fuerte y él, apenas tiene valor.

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