Un tal Damocles

damocles

Nunca bailó mejor Damocles que bajo la espada.

Así que el tal Damocles vivió sus mejores años y dio lo mejor de sí cuando la espada pendía amenazante sobre su cabeza. Mientras no la vio, o decidió ignorarla, su vida transcurrió anodina y vacía.

Pero cuando reparó en su filo cortante y definitivo y, sobre todo, en el único y finísimo pelo de una crin de caballo por la que estaba sujeta, todo empezó a adquirir sentido, vivió entonces sus mejores años y empezó a hacer cosas que merecían la pena.

Confiando en que fuera lo suficientemente resistente ese pelo atado a la empuñadura de la espada y maldiciendo a quien tuvo esa ocurrencia, habiendo sogas mucho más resistentes.

De todas maneras, para vivir un poco más tranquilo, no volvió a mirar más hacia arriba.

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