Partículas agradecidas

Los libros están empezando a ser un lastre. No hay más que comprobar cómo la gente se está deshaciendo de ellos.

Cuando tienen un hijo más, o cuando se separan, o cuando se cambian de casa, o cuando simplemente se hartan -es curioso, últimamente la gente no hace más que separarse, cambiarse de casa o hartarse de todo- no les queda más remedio que meter los libros en cajas y regalarlos, o venderlos por casi nada, o llevarlos a un desván en la casa del pueblo, o tirarlos, sin más, a un contenedor.

Así que muchos acaban en las cada vez más habituales tiendecitas que se han convertido, por acumulación, en acogedoras -y caóticas- librerías de segunda mano. En el barrio ya hay varias.

Luego, siempre hay algún despistado -vamos a llamarlo así- que se interna en ellas un poco por azar, no buscando nada en concreto, pero encontrando siempre algo. Algo raro e innecesario.

Pero no quería hablar de esto aquí. (Además, creo que ya lo he hecho)

La otra tarde en que la que andaba especialmente despistado, me dejé caer en una de estas tiendecitas de segunda mano en la que, después de curiosear un buen rato, me llamó la atención este librito, además de por su precio, por su aspecto de estar ya fuera de tiempo. Su época era otra.

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Tal vez fue de los primeros, publicados aquí, en cuestionar un mitificado paraíso soviético, que al final resultó ser nada más que su gris y cruel reverso, un infierno lento y frío, excesivamente burocratizado.

De entre los que aquí escriben, me han gustado -la mayoría de los autores seleccionados son bastante malos e insufribles- los breves relatos de apenas una página de Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor que empezó a quitarnos la maldita venda de los ojos… Ay, la vieja Rusia.

Pero tampoco quería hablar de esto aquí. (Todos estos circunloquios no son más que una excusa para copiar un parrafito al final)

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Uno de esos brevísimos relatos-Tormenta en las montañas– describe con detalle cómo, durante una excursión de varios días a la montaña, les sorprende, de noche, una feroz tormenta. Entre altos picos y profundas hondonadas, la oscuridad era sacudida por la violenta luz de los relámpagos. Se alternaba el resplandor y la negrura. Los truenos retumbaban.

Y nosotros…, nosotros nos olvidamos de tener miedo a los rayos, al trueno y al aguacero, del mismo modo que una gota de mar no teme al huracán. Nos convertimos en una insignificante partícula agradecida de este mundo. De este mundo, creado hoy por primera vez ante nuestros ojos.

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