Esta espuma, este ruido, este juego, este sueño

Ya sé que no es forma de empezar una entrada de un blog, y que, además, esto no le puede interesar a nadie, pero Juan de Zabaleta nació en Madrid en 1610. Escritor y dramaturgo, llegó a ser cronista del rey Felipe IV. Toda su obra parece motivada por un moralismo y un adoctrinamiento constante. (Efectivamente, no es manera de empezar. Pero seguimos)

Se conoce muy poco sobre este autor. De las pocas cosas que dice la wiki, destaca sobre otras el hecho de que -por lo visto- era feo y que por eso se burlaban de él en coplillas sus enemigos literarios. Ya sabemos cómo se las gastaban en aquella época. Sobre todo los enemigos literarios.

Apenas se sabe nada más. Ser hombre de letras, moralista y feo, parece bastante redundante.

Su obra más conocida -aunque, la verdad, no mucho, solo acaso entre eruditos y aspirantes a- es Día de fiesta por la mañana, publicada en 1654, en la que muestra una galería de tipos frecuentes en la Corte a los que, más que satirizar, censura por su escasa moralidad. Y como la obra tuvo bastante éxito, Zabaleta vio que había que aprovechar el filón -un poco como hacen ahora- y publicó en 1659 Día de fiesta por la tarde.

No sé muy bien por qué no llegó a escribir un Día de fiesta por la noche. Hubiera sido más divertido.

En 1653 salen a la luz sus Errores celebrados de la Antigüedad, el libro que me acabo de meter entre pecho y espalda. Algo indigesto, pero como sarna con gusto no pica…

errores_celebrados

En él trata de desmontar lugares comunes, historias o ideas que desde la antigüedad son tenidas por sabias y acertadas. Zabaleta se encarga de demostrarnos -desde una perspectiva racional, convencional y, claro, moralista- que no son más que errores y desatinos, por muy notables y venerados que sean sus protagonistas.

El estilo de Zabaleta pretende ser claro y sencillo, algo siempre de agradecer, pero en la mayoría de los casos no es más que un retórico que juega, con poca fortuna, a ser conceptista. Como si quisiera ser Quevedo y se quedara en un Gracián de segunda división al final de la tabla clasificatoria. Con grandes posibilidades de descender a regional.

Aunque su moralismo nos resulta más cercano cuando se carga de razón y de sentido común. Es cierto que las cosas buenas de la vida, al final, no son nada, pero sin esas pequeñas cosas, sería todo mucho peor:

Vanidades son todos los bienes de esta vida, pero se pasa muy mal sin estas vanidades. Sueños son todas las honras y comodidades de la tierra, pero quien no tiene estos sueños vive con muchas pesadillas. Juego que se remata en llanto son todos los bienes temporales, pero, mientras dura, alegra. Peor fuera estar llorando siempre, peor fuera estar siempre padeciendo. Torrente son las prosperidades que pasa veloz, que no hace más que ruido y no deja más que espuma, pero ese ruido deleita y esa espuma adorna la flor de la vida. Quien no le agradece a su estrella esta espuma, este ruido, este juego, este sueño y estas vanidades, no teniendo ella cosa mejor que dar en el suelo, se hace indigno de que se lo haya dado.

Arremete, entonces, contra los que cuando se ven en buena situación, no hacen más que quejarse:

A los que tienen encogidos la pobreza y el abatimiento, cualquier alivio, por pequeño que sea, les parece comodidad grande, pero en extendiéndolos algún suceso feliz, se enfadan con las comodidades y, porque no son como ellos habían imaginado que eran, dicen enfadados que son penas. El que ayer dormía en el suelo, si tuvo dicha de subir a una cama, se amohína de que se le resbale la ropa. Raro es el dichoso que no parezca indigno del bien que él tiene.

juan_de_zabaleta

Aunque parezca extraño en un moralista del siglo XVII, habla bien de jueces y de médicos. Sin embargo, arremete -era lógico, ya entonces- contra los políticos:

No yerran con poco trabajo los políticos: tienen una cosa en el pecho y otra en la lengua. Halagan lo que aborrecen y aplauden lo que reprueban. Tienen dulcísima la boca y el corazón lleno de acíbar. (…) Cuando andan con áspides, muerden; cuando andan con palomas, arrullan, aunque sean por de dentro palomas con los áspides y áspides con las palomas. (…) Los políticos sólo atienden a su negocio, los demás sálvense como pudieren.

Y a quien fustiga sin piedad -no sabemos si esta misoginia era propia de la época o algo personal del autor- es a la mujer, así, en general, a todas:

La mujer nada hace con moderación, hasta con lo bueno consume. La naturaleza no supo cómo hacérnosla sufrir mucho tiempo al hombre si no fue atándosela a la garganta con el matrimonio. Compañía que es menester atarla, no debe ser buena…

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