Mujeres que escriben

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Seguimos (oh, no, otra vez no) con Juan de Zabaleta, del que hablé en la entrada anterior (y del que prometo no volver a hablar nunca más).

Conociéndole ya un poco, no extraña la ojeriza que le tiene a la poesía, puro soniquete sin sustancia, según él.

Llamarla locura parece engaño, porque no se puede obrar sin grande entendimiento. Llamarla cordura es error conocido, porque hace a los hombres inútiles y desatentos. Trabajar mucho en no hacer nada, es desatino patente. Este desatino hacen los poetas, ¿cómo tendré ánimo para llamarlos cuerdos?

No hay, en fin, sustancia en la poesía; nada de cuanto dice importa nada. Como música deleita, como ignorancia ofende.

Pero no es este el asunto principal. Uno de los errores de la antigüedad, según Zabaleta, en este caso cometido por Propercio y por Ravisio -este último no sé quién es-, fue el de celebrar el talento de una mujer llamada Erina, natural de la isla de Telos y contemporánea de Dionisio Siracusano -éste, me parece que tampoco. Muy inclinada a los estudios, dedicó su vida a la poesía.

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Bueno, no sé si en el siglo XVII pensaban todos así, o tal vez era algo personal, pero nuestro Zabaleta se pone hecho una furia ante tales alabanzas y despotrica de la siguiente manera (dejo de comentar porque no hace falta):

Juntemos, pues, ahora las propiedades de la poesía con los defectos y propensiones de una mujer y veremos lo que resulta. Miedo me da pensarlo. En la poesía no hay sustancia, en el entendimiento de una mujer, tampoco: muy buena junta harán entendimiento de mujer y poesía.

La necesidad de las proporciones obliga a poner en la poesía muchas palabras o impropias o forzadas o sobradas. La mujer, por su naturaleza, no sabe poner nada en su lugar; mírense cuál estarán sus palabras en las dificultades de la poesía.

El oficio de la poesía es fingir, el ansia de la mujer es maquinar; darle por obligación la inclinación es acabar de echarla a perder. Cuando la poesía es sátira, es murmuración, es chisme. La mujer naturalmente es chismosa; si la añaden la vena de poeta, no parará de hacer sátiras con que ande chismando al mundo las faltas ajenas. Cuando la poesía es lisonja, es estrago de los entendimientos. Lisonja en labios de mujer hace más daño que lisonja; porque de un hombre se puede presumir que inventa las perfecciones que pinta, pero de una mujer, como es menor su capacidad, se piensa que pinta las perfecciones que halla.

De suerte que la mujer que es poeta jamás hace nada, porque deja de hacer lo que tiene obligación, y lo que hace, que son versos, no es nada. Habla más de lo que había de hablar, y con más defectos y superfluidades. Añade otra locura a su locura. De día y de noche está maquinando disparates que, sobre los que ella había de maquinar, hacen desatinadísimo tropel de quimeras. Si alguien la ofende, no cesa de hacerle sátiras. Si ha menester a alguien, le enloquece o le emboba a lisonjas.

Esto hace una mujer que hace versos: ¡buena debe de andar su casa! Mas, ¿cómo ha de andar casa donde, en lugar de agujas, hay plumas y en lugar de almohadillas, cartapacios? Yo apostaré que una mujer déstas, las sábanas que rompe de noche buscando, a vuelcos, los conceptos, no las remienda de día por escribir los conceptos que buscó entre las sábanas y leérselos a sus conocidos. También apostaré que, si estando escribiendo ve que se le cae un hijo en la lumbre, por no levantar la pluma del papel, le socorre tarde o no le socorre. ¡Fuego de Dios en ella!

La mujer poeta es el animal más imperfecto y más aborrecible de cuantos forman la naturaleza, porque no hay animal de tantas tachas que no sea bueno para algo, sola ella no es buena para cosa desta vida. Esto asentado, veamos ahora por qué alaban a Erina, Propercio y Ravisio. Claro está que porque hacía versos. Por lo que ellos la alaban, si me fuera lícito, la quemara yo viva. Al que celebra a una mujer por poeta, Dios se la dé por mujer, para que conozca lo que celebra.

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2 comentarios sobre “Mujeres que escriben

    1. Yo ya prometí no volver a hacerlo.

      …con lo entretenido que es maquinar, aunque solo sea para fabricar estos desatinadísimos tropeles de quimeras.

      Vaya con nuestros clásicos.

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