Posada conocida

Firma_de_Francisco_de_Quevedo

Quevedo era un cabrón pero escribía como Dios.

Manejaba el lenguaje de manera absoluta, prodigiosa y lapidaria. Su imaginación era verbal, y tan imparable, que no podía dejar de sacudir a diestro y siniestro. Solo en sus momentos de más negra melancolía alcanzaba cierto sosiego por medio de la desolación. Es entonces cuando escribe sonetos y cosas así. Quedan algunos versos suyos -más allá de su chocarrería habitual- entre los mejores de nuestra lengua.

Pero eso, a él no le interesaba mucho.

Prefería utilizar la lengua -con todos sus resortes en funcionamiento- para protegerse del mundo. Era como un escudo tras el que se ocultaba y con el que, de paso, atizaba mandobles. Esta portentosa costra lingüística le aislaba, le hacía sentir seguro, le daba apariencia y entidad, a él, que andaba asolado por el desengaño y la desazón de estar vivo.

Así que prefería divertirse zahiriendo y haciendo malabares con la lengua, espantando de esa manera los melancólicos pensamientos.

Sueños_y_Discursos

He vuelto a leer estos días sus Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo, algo que no hacía desde mi época de estudiante. Y me he vuelto a aburrir. Sus paseos por el infierno tienen más de discursos que de sueños.

Fue publicada en 1627 y está considerada como una obra maestra de la prosa del barroco español. Sus alegorías, su gimnasia sintáctica y sus alardes léxicos, los utiliza para atacar los vicios de sus contemporáneos y moralizar catoliquísimamente. Busca la carcajada a toda costa, primero, y, luego, el arrepentimiento. Todo muy español.

Como divertimento menor me he dedicado estas tardes de atrás a entresacar algunas frases, algunos párrafos, mientras le acompañaba en esos paseos por el infierno o por el mundo por de dentro. Porque como dice:

…es fuerza de ir al infierno, que al fin es posada conocida.

Sueños_y_Discursos_Quevedo

Aprovecha para dar rienda suelta a su misoginia cuando pregunta por los enamorados al diablo que le guía en su visita; le gustaría saber si hay muchos en el infierno.

Mancha es la de los enamorados -respondió- que lo toma todo. Porque todos lo son de sí mismos; algunos, de sus dineros; otros, de sus palabras; otros, de sus obras; y algunos, de las mujeres. Y de estos postreros hay menos que todos en el infierno; porque las mujeres son tales, que, con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias, les dan ocasiones de arrepentimiento cada día a los hombres.

Y más adelante, continúa Quevedo:

…y, al fin, conocí que un malcasado tiene en su mujer toda la herramienta necesaria para mártir, y ellos y ellas, a veces, el infierno portátil.

Pero, además de por la crítica y la sátira, se deja llevar -estamos en pleno barroco, en su apogeo- por la inquietud y el desengaño. Como nos pasa ahora, ya entonces les empezaba a roer el desasosiego.

Halleme en un lugar favorecido de naturaleza por el sosiego amable, donde, sin malicia, la hermosura entretenía la vista -muda recreación y sin respuesta humana-, platicaban las fuentes entre las guijas y los árboles por las hojas, tal vez cantaba el pájaro, ni sé determinadamente si en competencia suya o agradeciéndoles su armonía. Ved cuál es de peregrino nuestro deseo, que no hallé paz en nada de esto.

Otras veces -solo a veces- somos capaces de reconocer que preferimos seguir perdidos

Y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño.

El paso del tiempo y su pérdida, ya entonces, eran cuestiones centrales.

¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá, cuando lo hayas menester, si lo llamares? Dime: ¿has visto algunas pisadas de los días? No, por cierto, que ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar.

Por eso, y a pesar de todo, hay que estar de buen ánimo, siempre dispuesto y, también, en guardia, porque…

Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando a coger a solas a un desdichado

Así que estáis advertidos.

Francisco_de_Quevedo

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