Venerables prelados e nobles caballeros

Juan_II

Tener inclinaciones intelectuales en Castilla durante aquellos lejanos años de los siglos XIV y XV -bueno, y después también- era una especie de desviación -tal vez tenía algo que ver con cierta debilidad en la sangre- que puede que fuera consentida, y hasta estimada, pero el que las padecía, era mirado por encima del hombro, como con aprensión, por un lado, y con pena, por otro.

En tiempo de los reinados de Enrique III y Juan II, años de conjuras, disputas, venganzas, traiciones y revueltas constantes -todo un fecundo espectáculo de desastres políticos y continuas convulsiones-, nació y vivió Fernán Pérez de Guzmán.

De noble e influyente familia -era sobrino del canciller Pero López de Ayala y, luego, fue tío del marqués de Santillana- su vida transcurrió ligada a los vaivenes de la política cortesana. Participó en diversas batallas y gozó de la estima de Enrique III. Hasta que, después de prolijos avatares, cae en desgracia ante Juan II. Incluso es condenado a prisión y encarcelado.

Una vez fuera, decide abandonarlo todo y se retira a su castillo de Batres, entregado ya solo al estudio y al cuidado de su casa y hacienda, alejado de las reyertas políticas y los encontronazos entre banderías. Más que harto, estaba cansado.

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Escribe Generaciones y Semblanzas en 1450 -el libro que me he atrevido a leer estos días de atrás-, lamentándose de la poca vergüenza de algunos historiadores, interesados, partidistas, aduladores o simplemente mentirosos o fabuladores. Pero no es historia lo que escribe, porque dice no sentirse capacitado.

El libro es un simple registro o memorial de los grandes señores -prelados y caballeros- de sus generaciones, semblantes y linajes, que movieron los hilos del reino durante esos años, bastante torpe y bruscamente, por cierto. No es historia ni biografía, son más bien retratos o bocetos. Conoció a casi todos los personajes que en él aparecen. A unos trata bien -a los que eran amigos y partidarios- y a otros condena -a los que eran enemigos y adversarios. Al menos, no lo esconde.

Es sorprendente. Su concisión y espontaneidad, todavía hoy, perviven en esta prosa del siglo XV. Apenas encontramos restos de la purulenta retórica que infecta los textos de la época. Prefiere ceñirse al asunto e ir al grano. Algo que se agradece.

Como no podía acompañar la semblanza del personaje en cuestión ni con una fotografía o ni con un dibujo, pergeña al inicio de cada una de ellas un boceto -muy directo y claro, con el que, enseguida, nos hacemos una idea- de su aspecto físico en apenas un párrafo. Así describe a don Juan García Manrique, arzobispo de Santiago:

Fue este arçobispo muy pequeño de cuerpo, la cabeça e los pies muy grandes…

También se explaya acerca de las condiciones morales de los personajes que trae. En el caso de don Álvaro de Luna, maestre de Santiago y condestable de Castilla, en cuyas manos estaba el reino, ante la incompetencia y dejadez del rey Juan II, algo se le nota su animadversión contra él. No en vano era el responsable de su caída en desgracia y entrada en prisión.

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Dice de él:

Fue cobdicioso, en un grande estremo, de vasallos e de tesoros, tanto que asi como los idropigos nunca pierden la sed, ansi el nunca perdia la gana de ganar e aver, nunca reçibiendo fartura su insaçiable cobdiçia, ca en el dia que el rey le dava o, meior diría, el le tomava una grant villa, aquel mismo dia tomaria una lança del rey si vacase: ansi que deseando lo mucho non desdeñaba lo poco.

Si entre los nobles caballeros andaban las cosas así, en la más alta curia tampoco se quedaban atrás. Pasaban, en aquel tiempo, cosas curiosas. Por ejemplo, don Pablo de Santa María, que fue obispo de Burgos, era hebreo, de gran linaje de aquella nación. Aunque recientemente convertido, parece cosa impensable en nuestros días.

Otros cardenales eran no muy letrados, no muy devotos, bastante sucios, claramente afeminados y algo violentos. Leamos lo que cuenta de don Pedro de Frías, cardenal de España:

Fue onbre de mediana altura, de buen gesto; non muy bien letrado; muy astuto e cabteloso, tanto que por maliçioso era avido. Non fue muy devoto nin onesto, nin tan linpio de su presona como a su dignidad se convenia. Vistiase muy bien, comia muy solepnemente, davase mucho a deleytes e buenos manjares e finos olores.

(…) En su fabla e meneo de su cuerpo e gesto en la mansedumbre e dulçura de sus palabras tanto paresçia mujer como onbre.

E acaesçio que en la prosperidad de su buena fortuna, estando el rey en Burgos, ovo en su presencia malas palabras con don Iohan de Tordesillas, obispo de Segovia, e ese dia mismo fueron dados palos al dicho obispo por escuderos del cardenal (…)

No deja de ser magnífica la imagen de un cardenal colérico dando la orden a sus ayudantes de darle una paliza a un obispo.

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Ya acabo -por si alguien ha aguantado todo esto y ha sido capaz de llegar hasta aquí- con la descripción que hace de don García González de Herrera, mariscal del rey, hombre delgado y cuerdo, pero con tendencia a la melancolía:

Alto de cuerpo e delgado e buena presona, cuerdo e esforçado, franco e buen amigo de sus amigos, pero muy malenconioso e triste e que pocas vezes se alegraba, e, por esto, dizen que el conde don Sancho, hermano del rey don Enrique el viejo, que lo crio e amo mucho, que dizia que “el nublado de Garçi Gonçalez siempre estaba igual”. Amo mucho mujeres. E es bien de maravillar que franqueza e amores, dos propiedades que requieren alegria e placer, que las oviese onbre tan triste y tan enojoso.

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