Parte del día

Los periódicos nacieron con la intención de contar lo que pasa.

Pero como lo que pasa, cada vez más, son más cosas, más y más cosas, y más importantes, tantas, y tan importantes, que nos abruman, confunden o enfadan. Y terminamos refugiándonos en el crucigrama, en las páginas de contactos o en las elegantes y sintéticas esquelas.

Los periódicos provinciales también tienen la intención de contar lo que pasa. Pero como aquí pasan menos cosas, a veces, en una esquina, también nos cuentan lo que no pasa. O que no pasó nada.

Como ayer.

parte

Parte de la Policía Local

ATASCO. Con motivo de avería de un autobús urbano en la avenida de España, que ocupó un carril, fue necesaria la intervención de las dotaciones para regular el tráfico.

EL LAGO. Un ciudadano denunció que en el lago del parque del Rodeo hay varios jóvenes bañándose. La dotación se personó y obligó a los jóvenes a dejar de hacerlo.

NOCHE. Durante la noche se patrulló por la ciudad y los principales polígonos industriales, sin incidencias destacables.

Atasco. El lago. Noche. El parte de la Policía Local es como la sucesión de tres microrrelatos que, en su insignificancia, explican mejor que otros cómo fue pasando el día en la pequeña ciudad de provincias.

Un autobús se averió en mitad de calle ocasionando un atasco al que no están acostumbrados. Unos chavales decidieron dar la bienvenida al buen tiempo y al incipiente calor dándose un baño en el lago del parque. Una pareja de policías patrulló, sin encontrar nada extraño, todo estaba tranquilo, por un solitario polígono industrial, evocadoramente silencioso en la noche perfumada de abril.

Me parecen estos tres hechos un mejor resumen de nuestra vida -se acercan más a ella- que las noticias que se agolpan en las portadas y los lugares destacados.

Transcurrió el día -el nuestro, el de todos, afortunadamente, una vez más, aunque nos pese- como dice la policía local, sin incidencias destacables.

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Manos

mano

Siempre he sentido fascinación por las manos.

Me entretengo mirando las manos de los otros cuando hacen algo o cuando no hacen nada y descansan, con cuidado de que no me descubran. Incluso miro a veces las mías, con un punto de incredulidad.

Es sorprendente la cantidad de cosas que al cabo del día hacen unas manos. Y lo hacen todo con una precisión asombrosa -también las más torpes- y sin darse importancia.

Siempre he pensado que las manos son una parte del cerebro.

Todo lo que hacen las manos, hasta lo más prosaico, es una manifestación de amor o de supervivencia.

Los ceros a la izquierda

Todos nos hemos sentido, en muchas de las situaciones que hemos vivido, como un cero a la izquierda. Cuando no, es ese sentimiento -el de ser un cero a la izquierda- el que mejor podría resumir nuestra vida entera.

Son, además, millones de personas en el mundo las que no importan y están abandonadas a su -mala- suerte. Son millones, miles de millones, pero son también como ceros a la izquierda. Existen, pero no valen nada.

Los que entienden de números nos han convencido de que el valor de un cero a la izquierda es inexistente, es nada.

Pero, tal vez porque me siento a menudo como un cero a la izquierda -o porque simplemente prefiero a los que son considerados como ceros a la izquierda-, discrepo totalmente de lo que dicen los que entienden de números y lo controlan todo. No estoy de acuerdo.

Si es verdad lo que dicen, estoy dispuesto a cambiarles mis billetes de cinco euros por estos otros de aquí abajo:

500euros

El próximo verano

racimo

Acaban de brotar los diminutos racimos de las vides. Las futuras uvas -del tamaño de una cabeza de alfiler- aparecen pegadas unas a otras. Tienen el aspecto de una fea excrecencia de la planta.

Muy pronto, el calor del sol las empujará a crecer hasta alcanzar esa majestuosa gravidez de las uvas ya formadas, del racimo que cuelga.

Tendrá que pasar -otra vez, de nuevo- un largo y cálido verano. Los días interminables, la luz, el calor, el cielo azul y los insectos zumbando.

Las uvas se empezarán a despegar unas de otras, empezarán a crecer separadas hasta alcanzar su forma definitiva. La luz del sol podrá ya atravesar cada una de ellas como si traspasase un cristal turbio o un líquido amniótico.

Aunque ellas -tan verdes, tan apretujadas y del tamaño de una cabeza de alfiler- no lo sepan, desde estos días de abril hasta mediados de septiembre, cada minuto de sol tendrá sentido.

Del callejero

No sé por qué nos empeñamos en poner nombre a las cosas que ya lo tienen.

Ya resulta bastante odioso e irritante que pongan el nombre de las calles -además, lo hacen con el de grandes prohombres o fechas gloriosas- los que se sientan en una corporación municipal.

Pero cuando conservan el original, caen, a veces, en el ridículo de calificar -tal vez por normalizar el tipo de vía en el callejero, no sé- dicho nombre.

callejilla

Calle Callejilla. O calle Callecilla, calle Callecita, calle Calleja, calle Callejuela o calle Callejón. Sin olvidarnos, claro, de la calle Calle.

Pero, por mucho que se empeñen, no es la calle Callejilla. Es la Callejilla. Sin más. De toda la vida. En este pueblo no hay otra.

Aunque ya se sabe que los de la corporación -o los que se encargan de estas cosas- son, sin que sirva de precedente, personas humanas.