Un día, en otoño, una lluvia fina, como polvo, caía desde por la mañana

colección austral

Un día, en otoño, una lluvia fina, como polvo, caía desde por la mañana. A intervalos, débiles rayos de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las otras, descubriendo entonces la bóveda azul, tranquila y límpida, formando como un hermoso lago de azur.

Sentado en un cómodo lecho de musgo espeso escuchaba la voz del bosque.

Sobre mi cabeza el follaje estaba casi inmóvil. Y yo percibía, en el roce apenas perceptible de las hojas, el rumor característico de la estación. No era el temblor alegre que producen, en la primavera, las hojitas nuevas; no era tampoco la blanda languidez opulenta del verano, ni los tristes adioses al comenzar el invierno, sino algo como un murmullo en un sueño.

Un viento ligero, a rachas, inclinaba unas contra otras las altas copas de los árboles. Cuando brillaba el sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de la humedad, se iluminaba y parecía sonreír. Los troncos esbeltos de los abedules tenían reflejos tornasolados de raso, y las hojas, en el suelo, producían la ilusión de una lluvia de oro.

Ah, cómo me gustaría poder escribir así. Ya sé que resulta algo trasnochado, casi cursi -cursi, tal vez, del todo-, pero cuando te encuentras párrafos como éste, parece que al leerlos uno se olvida de todo y descansa. Realmente descansa. La acción del relato se ha suspendido. La vida, en este lado, también.

El otro día rescaté de una de las abarrotadas estanterías de una de esas librerías improvisadas de libros de segunda mano, un pequeño volumen de la colección Austral. Las hojas, definitivamente, estaban ya amarillas, y aunque no parecía que se fueran a deshacer, sí que desprendían una especie de polvillo; la nariz lo percibía. El librito lo imprimieron en 1962.

Regresé a casa con la misma sensación de haber sacado un perro de la perrera. Ahora, durante algún tiempo al menos, volvería a tener dueño.

Esos párrafos que he copiado arriba tienen su sentido. Pertenecen al inicio de uno de los Relatos de un cazador, escritos y publicados por Iván Turguénev a partir de 1852.

relatos_de_un_cazador_Ivan_Turgueniev

Un noble o terrateniente, afable y observador, se adentra en las tierras y bosques de los contornos en busca de caza. Se suceden diversos sucesos sin importancia y se encuentra, mientras tanto, con los habitantes de esas tierras y esos bosques, las clases más humildes de aquella sociedad rusa del siglo XIX en la que aún había siervos, que se compraban y vendían junto con las tierras. Si eras señor de unas tierras, lo eras también de sus aldeas y de sus habitantes. De sus almas.

En estos relatos, los bosques y la estepa son unos personajes más. Sus descripciones son casi pictóricas. Debido a su esmerada y extranjerizante educación y sus largas estadías en Francia -fue amigo íntimo de Flaubert- su prosa se aleja por momentos de la austeridad eslava y se aproxima mucho más a la de los románticos franceses.

Ya sé que esta manera de escribir está absolutamente fuera de tiempo, es ridícula y reiterativa, predecible y anticuada, pero me gusta leer párrafos como los de arriba.

En un encuentro del bienintencionado y ocioso cazador con uno de los personajes -desgraciado, vivaz, inteligente y con una deformidad física- que habitan estas tierras, al requerirle por su vida, éste le contesta, como si hiciera un resumen de ella:

– Me faltó suerte en la vida; pero como mis desdichas agradan a Dios, no debo quejarme.

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