Los últimos solares

Todavía, por grande que sea la ciudad, quedan, entre las moles de los edificios colindantes, solares en los que una vegetación pobre y desordenada -como si desafiara o estuviera recordándole algo a la ciudad de asfalto y cemento- crece sin otra preocupación que la de buscar los cambiantes ángulos del sol a lo largo del día.

Algo ha debido pasar -algún enredo burocrático irresoluble, la obcecación de alguien, el simple olvido- para que pervivan en el corazón de las ciudades. Pasas por la acera y solo ves un muro gris y viejo, por el que, ahora en primavera, asoman las ramas de algún árbol que ha crecido casi por generación espontánea.

Quedan esos solares como una tierra de nadie, como un trocito de paraíso vedado, como una especie de limbo -lleno de malas hierbas, escombros, maderas viejas y flores silvestres- en el que los gatos reinan sin darse mucha importancia.

Ayer me paré delante de la vieja y recia puerta oxidada de uno de ellos -de los poquísimos que quedan en mi barrio-, anudada a su marco por una gruesa cadena, también recia, vieja y oxidada. Alguien había agrandado el hueco por el que estaba cogida; era ya un pequeño boquete.

Coloqué la cámara en él e hice esta foto. Había trastos inservibles y cosas viejas, abandonadas. Era como el refugio de alguien. Unos lirios morados y recientes, sobre los que daba el sol a esa hora de la mañana, inclinaban un poco la cabeza.

Al estar allí dentro, uno se debe sentir como si estuviera a miles de kilómetros de sí mismo.

solar

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