Distancia del suelo

Muscari comosum 1

Si te acercas a dos centímetros de un cuadro -aunque sea La noche estrellada de Van Gogh o Las Meninas de Velázquez- no ves nada. Necesitas cierta distancia.

Sin embargo, si te acercas lo máximo posible a una flor del campo, empiezas a vislumbrar formas inéditas y nítidos e inesperados colores, descubres delicadas y preciosas arquitecturas.

Te olvidas, entonces, del mundo exterior -ese que es a tamaño real-, y, durante unos instantes, vives como si tuvieras apenas unos pocos centímetros de estatura y la mirada asombrada de un niño.

Es suficiente tumbarse en el suelo un día de primavera en el campo.

Siempre he pensado que hacerse adulto -y caer, al instante, en los problemas, en la angustia y en la infelicidad- estaba directamente relacionado con la distancia que nos empezaba a separar de suelo. A mayor distancia, mayor infelicidad. Los niños, por eso, andan siempre por el suelo.

Me tumbo en un herbazal y veo diminutas antenas azules. Son como pequeños brazos de un minúsculo candelabro, como las varillas mirando al cielo de un paraguas que ha perdido la tela, como un penacho añil e innecesario. Me olvido de todo mientras contemplo -desenfocada- esa extraña flor.

Muscari comosum 2

Que luego, por lo visto en la wiki, no es tan extraña. Es una Muscari comosum, de la familia de las Liliáceas. Tiene diversos nombres: rueca, guitarrillo, candelabro, nazareno… Pero llama la atención por su cabeza llena de filamentos, de un azul intenso, casi violeta.

Si te fijas con más atención descubres que esta planta silvestre tiene dos tipos de flores. Además de esas antenas azules en lo alto, tiene, más abajo, colgando a lo largo del tallo, otras flores de color crema sucia que apenas se ven.

Las arracimadas en lo alto, tan vistosas, violentamente malvas, son estériles; las inferiores, casi sin color y en forma de cáliz cerrado, son las fértiles. Unas se pavonean al sol, disfrutando de su propia belleza sin consecuencias, mientras las otras, inadvertidas, se encargan del trabajo sucio.

Pero, ¿es sucio el trabajo sucio?

Prefiero dejar de pensar mientras cambio de postura sobre la hierba. Hay flores amarillas, blancas… Pero ahora contemplo, todo lo cerca que puedo, esta flor que jerarquiza sus funciones con una inteligencia natural, dibujando en el aire, sobre la hierba, con los azulísimos filamentos de su penacho, las señales, tan precisas, tan seductoras, que terminarán por atraer a los insectos que se dejarán caer en las flores inferiores para fertilizarlas.

Aunque no sabía nada de todo esto cuando, tumbado en el herbazal, miraba de cerca, a escasos dos centímetros, los filamentos azules.

Muscari comosum 3

Si te acercas a dos centímetros de un cuadro famoso -aunque sea La noche estrellada de Van Gogh o Las Meninas de Velázquez- no ves nada. Necesitas cierta distancia.

Aparentemente.

Si tienes un poco de paciencia, sí que empiezas a ver manchas, colores, texturas, pigmentos. Solo eso: manchas, colores, texturas, pigmentos, restos de pinceladas.

Un mundo inédito en el que te sientes como si estuvieras dentro de él. Porque tienes ahora apenas unos pocos centímetros de estatura y la mirada asombrada de un niño. Un mundo de delicadas y preciosas arquitecturas -y de colores nítidos e inesperados- que está tan oculto, estando tan a la vista, que pasamos siempre de largo.

Por cierto, ¿a dónde vamos, pasando siempre de largo?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s