Muerte en el bosque

Aunque es exagerado llamarle bosque.

Es apenas un bosquecillo de pinos que hay en un descuadre del terreno, afortunadamente olvidado por el ayuntamiento, en el camino a mi antigua casa. La hierba ha crecido, por fin, con fuerza y los rayos de sol, cuando les dejan las tupidas copas de los pinos, caen sobre ella.

El otro día, cerca de la acera, vi un remolino de plumas al pie de un tronco. En mitad de él, había una paloma gris.

Un descuido, o demasiada confianza, o su inmoderada glotonería, o todo a la vez, provocó, acaso, que un perro suelto -o un gato asilvestrado-, de una certera dentellada, acabara con su vida. Cuando empezó a desplumarla, por algún motivo, escapó de improviso sin llevársela.

Los rayos del sol continúan filtrándose entre las copas de los pinos, pero aquí acabó la historia de la paloma.

Por lo menos parece mullida la tierra sobre la que descansa.

paloma

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