El que no se consuela

vilmsaug

Si nos parecen estos tiempos que vivimos, duros, caóticos y brutales, es porque no nacimos en el siglo XV. Fueron aquellos años realmente convulsos, en los que cualquier pequeña desafección era castigada con el destierro, cuando no, con la muerte. Era la alta política tan tornadiza que uno ya no sabía a qué bando pertenecía ni a quién tenía que traicionar.

Enrique de Villena nació en 1384 en la más alta aristocracia de la época. Su padre fue Condestable de Castilla y su madre, hija ilegítima del rey Enrique II. Pero aunque tenía una brillante carrera militar y política por delante, siempre mostró inclinación -una inclinación un tanto exagerada y malsana- por los libros.

Con todo, llegó a ser nombrado Maestre de la Orden de Calatrava. Pero consciente de su ineptitud para la guerra y las intrigas, se retira a sus tierras para dedicarse -con más ahínco aún- a lo que le gustaba: los libros. Cada uno se arruina la vida como quiere.

De entre los libros que escribió, tal vez debía haber elegido para leer su Tratado de la Fascinación o del Aojamiento (1425), o el Tratado de la Lepra (1422), o el del Arte Cisoria (1423), en el que aborda el interesante tema de cómo afilar los cuchillos y cómo cortar los alimentos, sin duda todos ellos mucho más entretenidos que el que cayó en mis manos y, de manera irresponsable, a quién se le ocurre, he leído estos días.

Enrique de Villena, cuando escribe, como se cree una mente privilegiada e hiperculta, se empeña, en cada frase, en demostrarlo. El rebuscamiento retórico alcanza tal grado -todo es un puro hipérbaton- que no hay -salvo algún masoquista o pedante- quien pueda con él.

Como el modelo son los clásicos latinos, su escritura, no solo está llena de latinismos y latinajos, sino que calca la misma estructura sintáctica del latín.

No sé si alguien queda por ahí que estudiara latín en el bachillerato. Recordará con angustia los exámenes en los que había que traducir un pequeño texto. Dios mío, no había nada en su sitio, el verbo estaba lejísimos del sujeto, y hasta los adjetivos caían una o dos líneas más abajo de donde estaba el sustantivo.

Pues con Villena, pasa lo mismo. Por ejemplo, escribe …que ya ocho mensuras çirculaciones lunares son al suyo reduzidas prinçipio… para decir que han pasado ocho meses.

A Góngora le hubiera encantado.

enrique_de_villena

Pero como no soy muy de dejar de leer los libros que empiezo, acabo de terminar -un poco sonado, eso sí- su Tratado de la Consolación (1424), escrito, a la manera de las consolationes griegas y latinas, con motivo de la petición que le hace en una carta Juan Fernández de Valera, escribano de su casa solariega.

La familia de este pobre Juan Fernández había muerto durante la peste que asoló Cuenca en 1422. Así nos lo cuenta:

E en este comedio finó mi muger e una fija mía, e toda mi familia, e Garçi Sánchez mi padre, e mis abuelos Iohan Fernandes e su muger, e dos hermanos míos, e otros sobrinos e parientes e amigos muchos, tanto e en tal manera, señor, que fablando verdat a vuestra alteza, yo me siento muy solo e desabrigado en esta çibdat.

…porque quanto más anda el tiempo, tanto más so perseguido e cruçiado de la tristeza e vanos pensamientos que remedio ninguno non traen, los quales, aunque querría, olvidar non puedo…

Joder. No era para menos.

Nuestro Villena tarda un poco -unas ocho mensuras lunares- en contestarle. Y de paso escribe un tratado para consolación, no solo de su malhadado escribano, sino de cuantos lo pudieran necesitar.

Pero tiene una extraña manera, como veremos, de dar consuelo.

Viene a decir, con múltiples y constantes citas de autoridades latinas, eclesiásticas y medievales, que vivimos en un valle de lágrimas y que los que han muerto -su mujer, su hija, sus padres, dos hermanos, etcétera- han tenido suerte.

Cómo el riso termina en lloro multiciens
Bien sabíades quando dellos ovistes algunos solazes, esfuerços, asoçiaçiones, risas e festividades jocundas, que el término de ello era su contrario, terminando el riso en lloro, los plazeres en dolores…

Y han muerto como es debido. Si hubieran vivido más tiempo, hubieran caído en tentaciones pecaminosas o muerto de peor manera.

¡Quántos linajes de muertes escaparon con ésta! Pudieran en la mar tenpetuosa periclitar e bever con la muerte las aguas saladas, devorados de los bestiales peçes, e con amaritut desçender al infierno; pudieran perderse en los montes, errabundos en la escuridat de la noche, sepultos en los vientres de las bestias crueles e brutas, non fallándose de ellos parte; pudieran arderse en llamas poderosas, vastantes el lugar do fuesen, e sus çenizas ignotas pisadas quiçá de sus parientes ser; pudieran cometer delitos criminosos e por justiçia deméritos cruçiados ser; pudieran sorver poçión venenosa e con angustia e rúgito viçeral terminar sus días; pudieran caer sobre ellos hedifiçios antiguos, e conprehesos, dislaminados, quedar non conosçidos; pudiera rayo tenpestuoso, emiso de negra nuve, flaminarlos…

Vamos, que no hay nada como una peste que te asole la familia. Donde va a parar.

No me acabo de imaginar la cara que se le debió quedar al pobre Juan Fernández cuando leyera este librito.

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4 comentarios sobre “El que no se consuela

    1. A mí me entraron ganar de morirme leyendo el libro de este tal Villena (un poco como le pasa a Eva con el Ulises).

      Pero lo de quedar dislaminado porque te ha caído encima un edificio antiguo, tampoco está mal. O ya puestos, mejor que te flamine un rayo despedido por una negra nube. Lo de sorber una poción venenosa debe ser mucho más desagradable. Por lo del rúgito viçeral, más bien…

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