El lobo. Otro cuento real

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La aldea estaba demasiado cerca del bosque, aunque esto no la libraba de los fríos vientos que venían del páramo. Sus habitantes trabajaban de sol a sol y eran aproximadamente felices.

Hace unos días, un poco antes de la caída de la tarde, oyeron gritar de forma despavorida, mientras se acercaba corriendo, al pastor más joven. Oírle ponía los pelos de punta. “¡Que viene el lobo!, ¡recogedlo todo!, ¡cerrad puertas y ventanas!, ¡que viene el lobo!”.

Asustados y nerviosos los habitantes de la aldea guardaron sus ovejas y gallinas, recogieron a los niños que andaban en las calles, atrancaron con gruesas vigas las puertas de madera y cerraron las ventanas.

Los lobos, en aquella región, eran especialmente feroces.

Todo quedo en silencio. Parecía que no hubiera nadie en la aldea. Hasta que se empezaron a oír unas estruendosas carcajadas. Era el pastor más joven, que se retorcía en el suelo de la risa. Se lo habían creído, se lo habían tragado todo. Ja, ja, ja…

Tuvo que salir corriendo cuando los vecinos salieron de sus escondites y casas. Estaban enfadados, muy enfadados.

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Pasaron unos días cuando a los vecinos se les volvieron a poner los pelos de punta. “¡Que viene el lobo, que viene el lobo!”, gritaba alguien casi sin aliento. Era el pastor más joven, otra vez.

Pero esta vez parecía que era verdad. Todos volvieron a esconderse, mientras rezaban en voz muy bajita para que no pasase nada. Un silencio, como de sepulcro, envolvió a la aldea.

La carcajada que lo rompió llegó hasta el corazón del bosque y retumbó en todo el páramo. El pastor los había vuelto a engañar. Nunca vio gente tan tonta.

Mientras huía de la ira de los aldeanos, seguía riéndose sin poder parar, tropezándose.

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Hace dos días, el pastor estaba sentado pelando un palo con una navaja. Oyó un ruido extraño, amortiguado y violento. Se guardó la navaja. Las ovejas se miraban entre sí y se movían como si fueran a empezar a correr y no tuvieran decidido todavía en qué dirección hacerlo.

Efectivamente, allí estaba.

Sin casi aire en los pulmones, el pastor más joven salió corriendo hacia la aldea. “¡Que viene el lobo!, ¡que viene el…!” Al llegar, siguió gritando como un loco. Pero nadie le hizo caso.

Todos siguieron con sus faenas. Los niños seguían en mitad de las calles, las gallinas picoteaban el suelo. El pastor más joven estaba desesperado. ¿Por qué no le hacían caso si ahora era verdad?

Es curioso. Llegó el lobo a la aldea y no pasó nada.

Fue horrible.

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