Los libros por el suelo

En contra de lo que pudiera parecer, no soy muy de librerías.

Desconfío, además, de aquellas personas que sienten por los libros una especie de devoción reverencial. Los libros no son ningún valor supremo en sí. Prefiero considerarlos como unos objetos de uso, unos curiosos artefactos. Están para ser leídos y disfrutados, están para hacernos compañía. Nada más.

Hace un montón de tiempo que no piso una librería. Ni una de esas enormes y agotadoras en las que nunca encuentro lo que busco, ni una de esas otras especializadas en las que tampoco encuentro lo que busco. Termino siempre, antes de tiempo, buscando el sitio por donde salir a la calle, así como agobiado.

Ya he contado aquí varias veces que ahora solo frecuento esas pequeñas librerías del barrio en las que se amontonan libros de segunda mano. Son como rastros de vidas que han cambiado, han pasado o han desaparecido. La gente termina por deshacerse de sus pequeñas y enternecedoras bibliotecas.

Pero como está empezando a ocurrir en estos tiempos que corren, siempre puedes encontrar algo más allá, un peldaño más abajo. Ahora también frecuento una especie de librerías espontáneas y piratas. Lo divertido es que no sabes cuándo te vas encontrar con ellas. Hay días que están y otros, no están. Unas veces están en sitio y otras, en otro.

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Cuando alguno de esos gitanos rumanos que recorren arriba y abajo el barrio y sus aledaños empujando carros de supermercado en busca de papel o chatarra, encuentra en algún contenedor un montón de libros viejos que alguien, al vaciar la casa para mudarse o para hacer obra, ha tirado, ese gitano rumano, que desde la noche de los tiempo lleva buscando papel o chatarra, se convierte, por unas horas, por unos días, en librero.

Bonito oficio.

Coloca sobre una tela sucia los libros, convenientemente clasificados por géneros o por colecciones, y espera que a algún viandante le interese algún libro. Son viejos, están usados y algunos tratan de temas descabellados. Pero, a veces, encuentras algo que te pueda interesar. Además, son solo dos euros.

Ayer compré estos dos, que supongo leeré este verano.

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A Hölderlin no lo he frecuentado mucho, y espero que con Hiperión no se ponga muy campanudo.

Con Proust arrastro una larga e interrumpida relación. Ya les hablé aquí de ello.

Me hizo gracia encontrar en el santo suelo y al aire libre el séptimo tomo de En busca del tiempo perdido. No me ha quedado más remedio que comprarlo. Se trataba, ni más ni menos, de El tiempo recobrado.

Como solo he leído los dos primeros tomos de la serie -y además, hace ya de ello un millón de años- meterle mano al último, teniendo completamente olvidados los dos primeros y saltándome a la torera los tomos tres, cuatro, cinco y seis, me va a hacer sentir como esos tramposos que, incapaces por sí mismos de completar el crucigrama, acuden a la hoja de respuestas sin que les vea nadie, para poder terminarlo.

Pero tampoco importa mucho, no estamos hablando más que de libros, esos pequeños artefactos.

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2 comentarios sobre “Los libros por el suelo

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