El calor, el tiempo (Pequeña prosa soporífera)

calor

El calor licua el tiempo. Lo derrite. Sentimos -como si estuviéramos atrapados dentro de un espejismo- que no avanza. El tiempo licuado, derretido, blando, deshecho, gelificado.

Suenan entonces las chicharras para hacernos saber que no ha acabado el mundo. Aunque el mundo se haya acabado y siga haciendo tanto calor.

(Soñamos). Soñamos, durante la hora de la siesta, en busca del tiempo detenido, en busca de los instantes, en busca de aquel tiempo en el que no existía el tiempo.

Si, por fin, lo encontráramos, no sentiríamos la necesidad de seguir, de huir, de desaparecer, de cambiar de lugar, de irnos, de salir, de no volver. Como si viviéramos, ya para siempre, dentro de un espejismo, un espejismo construido solo con instantes, con los restos, más que suficientes, de un tiempo recobrado.

Pero…

El calor estira el tiempo. El tiempo se despereza, no quiere hacer nada. Quiere hacernos creer que no existe. El vértigo, ahora, es lento.

El tiempo, definitivamente perdido. (Dicen que esta tarde aún va a hacer más calor).

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