La cigarra y la hormiga. Otro cuento real

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La cigarra se pasó todo el verano trabajando. No paró un solo momento de acarrear grano. No tuvo ni tiempo de cantar.

La hormiga, cada vez que volvía de pasar toda la noche de juerga, se detenía a mirar cómo seguía azacaneando la cigarra, bajo un sol de mil demonios, y se tronchaba de la risa.

El día lo dedicaba a dormir y a recuperar fuerzas para la noche. Eran espléndidas las noches de verano. Qué trabajen las estúpidas cigarras, se decía mientras se acicalaba. Había que vivir la vida.

Los días pasaban y parecía que el verano no iba a acabar nunca. Pero llegó el invierno. Siempre llega el invierno.

El tiempo empezó a ser cada vez más frío y el campo estaba cada vez más mustio, apelmazado por las primeras heladas. No había apenas nada que llevarse a la boca. El invierno iba a ser muy largo.

En una de esas amanecidas especialmente gélidas, cuando la hormiga regresaba de una de sus farras nocturnas, cogió un mal aire y en menos de dos días entregó su -poco previsora- alma a Dios. Murió sola y nadie acudió a su entierro.

Los días eran cada vez más grises y más fríos. El aire soplaba como si se estuviera vengando.

Mientras, en su cálido rincón, tan lleno de grano que llegaba hasta el techo, la cigarra pasaba, melancólica, los días del largo y crudo invierno, pensando en cómo había desperdiciado los días del verano.

cigarra

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