Un ejército de flautistas. Otro cuento real

hamelin

La ciudad había perdido la calma. La algarabía era incesante. Cada vez había más niños. Niños por todas partes y niños a todas horas, ruidosos, inquietos, incansables. No había quien lo soportara. Era necesario hacer algo.

Desesperadas, las autoridades decidieron, como solución final, tirar la casa por la ventana y contratar a un ejército de flautistas para distribuirlos, uno a uno, por los distintos barrios de la ciudad. A los niños les encantaban los flautistas e irían tras de ellos, dondequiera que fuesen.

La música lo hacía todo aún más horrible. En cada calle, en cada plaza, en cada parque, un flautista -con apariencia feliz- reunía a cada vez más numerosos grupos de niños que reían y gritaban encantados.

Ya era hora -pensaron las autoridades- de que esos malditos flautistas se pusieran en marcha y se largaran lejos, muy lejos de la ciudad. Los niños irían, sin dudarlo, tras ellos. Sin más dilación, dieron la orden, que fue obedecida entre música, gritos y risas. Largas hileras de niños desaparecieron en el horizonte.

Así fue cómo sucedió.

Por fin, la ciudad recuperó la calma. Las ratas, que lo contemplaron todo asomadas a las bocas de las alcantarillas, sonreían felices.

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