Sonrisa

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Hace unos cuantos años se los comían. Pasados en una sartén con aceite, ajo, perejil y vino. Los que los han probado dicen que tienen un sabor muy parecido al del pollo. Pero hace ya años que está prohibido cazarlos. Están protegidos. Hoy están acabando con ellos los plaguicidas.

Han tenido que largarse a lugares menos humanizados. En zonas con una vegetación no muy elevada -necesitan espacios donde tomar el sol y refugios en los que esconderse (un poco como nosotros)- todavía abundan. Es el lagarto ocelado (Timon lepidus), el mayor de los europeos.

Es omnívoro y muy voraz. Se alimenta de insectos más bien grandecitos, saltamontes, arañas, gusanos, huevos de aves e incluso pequeños mamíferos. Tampoco le hace ascos a algunos frutos, sobre todo si son dulces. Los deben tomar como postre. O a la hora de la merienda.

Pero de la misma manera que depreda, también, claro, puede ser depredado. Debe andar con cuidado. Por eso ha desarrollado una estrategia curiosa para escapar, aunque sea en el último momento.

Cuando su captor lo tiene atrapado, es capaz de soltar la cola, desconectando él mismo un punto existente entre las vértebras. El cazador se queda con el apéndice, un tanto perplejo, mientras el lagarto escapa. Sin cola pero con vida. Esta automutilación tampoco le supone tanto porque le vuelve a crecer. Dicen los expertos que unos 3 milímetros al día.

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Su coloración es sorprendente, prácticamente modernista, en la que predominan los tonos verdosos claros con unas elegantes marcas negras. Casi como los de un dije. Parece suave, pero son escamas.

Sus costados están adornados con pequeñas y circulares manchas azules. Son los ocelos -del latín ocellus, ojito u ojillo, ojo pequeño. Son manchas que parecen ojos. Algunas mariposas, aves o reptiles las tienen. Vistas desde lejos parecen, efectivamente, los ojos de un animal más grande.

Hice las fotos anteriores allá por abril, al lado del cuarto de herramientas que tenemos en el campo. Ayer me lo volví a encontrar muy cerca del mismo sitio.

Estaba tranquilamente tomando el sol. Había crecido. Estoy seguro que era el mismo porque cuando me acerqué, con todo el sigilo del que soy capaz, me sonrió.

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