Una polvareda a lo lejos, en el camino

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Íbamos por uno de los caminos de tierra -ahora de polvo y barro seco- que llevan al vertedero, cuando vimos acercarse de frente un numeroso rebaño de ovejas. Redujimos la marcha hasta que nos vimos obligados a detener el coche.

La conversación languidecía y la música de la radio apenas se oía, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda.

Las ovejas cada vez estaban más cerca y proseguían su marcha, apiñadas y casi encima unas de otras, con aire cansino. Pero no eran ovejas. Esa polvareda la estaba levantando un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes compuesto, por allí viene marchando.

Hacía realmente mucho calor. Y como tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballería se cuentan, le dio por concluir que aquellas ovejas, mansas y asustadizas, eran un ejército de nobles y valerosísimos caballeros.

Esto en Madrid no pasa, me comentó, entre resignado y encantado. No teníamos ninguna prisa. Solo el calor y el polvo resultaban molestos.

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Las teníamos ya encima. Así que de ejército, nada. Eran ovejas. ¿Cómo dices eso? respondió Don Quijote, ¿no oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

En lugar de arremeter contra ellas en singular batalla, decidimos esperar a que pasaran, no fuéramos a tener algún problema con el pastor que venía tras ellas plácidamente subido en un quad.

Pero también, de alguna manera, esa fenomenal polvareda bien podría haber sido provocada por un ejército de caballeros. Y cómo ya sabemos la gran inquina que los magos y encantadores le tienen al pobre don Quijote, volvieron, otra vez, gracias a sus encantamientos y malas artes, a convertir a los más valientes y nobles caballeros en ovejas modorras.

Aunque esto es otra historia. Lo importante es que con tanto ahínco afirmaba Don Quijote que eran ejército, que Sancho le vino a creer. 

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