Colorín. Otro cuento real

koniec

Colorín detestaba los finales felices. También le horripilaban los finales cerrados que terminaban con la marcha definitiva e irreparable del protagonista o, lo que era mucho peor aún, con su muerte.

Por mucho que sintiera curiosidad, siempre le resultaba decepcionante la resolución del misterio o la intriga. El asesinato, la recuperación de la identidad, el golpe perfecto… Temía que todo terminara. Le parecía que -siempre- faltaba algo.

Colorín siempre mostró predilección por los finales abiertos, inconclusos, que dejaban sin concretar nada, dejando en el aire un buen montón posibilidades con las que la imaginación podía seguir elucubrando, en un sentido o en otro, con libertad.

Colorín disfrutaba abriendo el paquete de galletas, mientras que cuando, al cabo de los días, comprobaba que se estaban acabando, quedaba sumido en una tristeza paralizante. Le acometía una nostalgia brutal.

Para Colorín no había nada más hermoso que los primeros párrafos de una novela, los primeros compases de una sinfonía, los primeros momentos de la contemplación de un cuadro.

Colorín era bastante callado y, si no fuera porque era amable y estaba siempre sonriente, se diría que prefería estar solo. Pero le aterrorizaban las noches.

Colorín era tan vergonzoso que enseguida se ponía colorado.

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