Almendra

almendra

Algún almendro queda por el territorio.

Atacados por alguna plaga, muchos han muerto, pero alguno resiste de los varios que, hace un tiempo, llegaron a haber. Es extraño -más bien inexplicable- por qué unos sobreviven y otros se han perdido para siempre, cuando estaban en la misma ladera.

A los que quedan, los ves decaídos y de repente, este año, durante una primavera incierta, florecen de nuevo.

Dicen los tratados de botánica que su fruto es una drupa aovada y comprimida. (Que una drupa es un fruto, de una sola semilla, de mesocarpio carnoso y endocarpio leñoso. El pericarpio, la parte exterior que cubre y protege las semillas, también es bastante leñoso. Sobre todo en el caso de las almendras).

Esta drupa aovada y comprimida, al principio presenta una envoltura carnosa, pubescente -según la RAE, pubescente: que ha llegado a la pubertad, aunque utilizada como adjetivo viene a significar velloso, que tiene vello-, de color verdoso, que con el tiempo se reseca y se abre, dejando en libertad la semilla otra vez enfundada en el hueso leñoso. Tan bien protegida.

Como ocurre -acabáramos con tanta ciencia botánica- en la fotografía.

En el interior de la drupa se encuentran, por fin, las almendras propiamente dichas. Éstas pueden ser dulces y comestibles o amargas y tóxicas. Nunca al revés.

Al menos, con las almendras, sabes a qué atenerte.

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