Cenicienta. Otro cuento real

Cinderella

Cenicienta llevaba siempre el vestido manchado de ceniza y el pelo sucio de ceniza. Vivía en un país del norte en el que el cielo estaba siempre cubierto de nubes de color ceniza. Cenicienta tenía los ojos color ceniza.

Cuando se levantaba aún era de noche y lo primero que tenía que hacer era recoger los restos del fuego del día anterior y limpiar la ceniza de las chimeneas. Cuando se lavaba la cara, la ceniza que tenía sobre sus mejillas, se convertía en un barro oscuro y desagradable. Luego tenía que volver a encender el fuego. Y limpiar entera la gran casa.

Cenicienta pasaba desapercibida. No importaba a nadie. Era como si no existiese, como si fuera una figura difuminada, oculta tras una veladura de ceniza. El resto de las chicas de su edad brillaban.

El próximo sábado por la noche tendría lugar un gran baile. Las chicas que brillaban estaban excitadas. Estrenarían trajes y se arriesgarían con los peinados. Los chicos, por vez primera, se vestirían con trajes de hombrecitos.

Una de las chicas tuvo la idea de invitar -de obligarla a ir, si se negaba- a Cenicienta. Iba a ser muy divertido. Verla hacer el ridículo era algo que las entusiasmaba. Y así lo hicieron.

Cenicienta no se atrevió a entrar por la puerta principal y permaneció casi toda la noche intentando esconderse detrás de una cortina. Su traje, su pelo, aún tenían restos de ceniza. Las otras chicas brillaban bajo la luz de las arañas, cuchicheaban entre sí y rompían en carcajadas cuando reparaban en ella.

Los chicos bebían alcohol a escondidas y no estaban menos excitados. La noche, las chicas, la música… El chico más apuesto y más interesante de la ciudad -y por el que todas las chicas, sin excepción, se morían- parecía aburrirse.

Parecía aburrirse hasta que se fijo por casualidad en esa jovencita que bajaba la cabeza como si hubiese hecho algo malo. Se acercó a ella, hablaron mucho tiempo y quedó fascinado. Cuando la tocó se manchó los dedos de ceniza y sonrió.

Las chicas que brillaban seguían cuchicheando pero ya no se reían.

Respiraron aliviadas cuando, a las doce en punto de la noche, Cenicienta salió presurosa del gran salón y desapareció en la noche. El chico más apuesto y más interesante de la ciudad no volvió a hablar con ninguna chica esa noche y se limitó a beber con parsimonia y obstinación mientras miraba la luna color ceniza a través del gran ventanal.

Las chicas que brillaban con sus trajes nuevos y sus peinados a la moda odiaron profundamente a Cenicienta, tan desastrosa en el vestir y tan llena de ceniza siempre.

El último sábado del mes siguiente se organizó de nuevo un gran baile. Aunque Cenicienta tenía decidido no ir, las chicas que brillaban se encargaron de que esa noche tuviera trabajo suficiente para que no pudiera salir de la gran casa. Cenicienta, bajo ningún concepto, iría al baile.

Sería una noche especial. Los chicos esperaban -otra vez- excitados, al pie de las escalinatas o cerca de los grandes ventanales. Abrieron aún más los ojos cuando vieron aparecer a las chicas que brillaban.

Esta noche, las chicas que brillaban no brillaban. Vinieron todas con unos vestidos sencillos y manchados de ceniza. En las mejillas había ceniza. Y el pelo era una maraña sucia de ceniza. Todas querían dejar de brillar e ir a la nueva moda.

El chico más apuesto e interesante de la ciudad deambulaba entre ellas como si buscara algo o a alguien. Bebió, bailó y habló con varias chicas tan guapas como aburridas, tan atractivas como insoportables. Esa noche la música sonaba demasiado alto y no había luna.

A eso de las doce se vio a lo lejos un gran resplandor. Ellas gritaron y ellos corrieron. Era un incendio. Y no muy lejos. Parecía que era en la casa grande, que ardía en la oscura y cálida noche de verano. Si se hubieran callado, hubieran podido oír como crujían las maderas al arder.

La ligera brisa de la noche traía en el aire restos del incendio, pavesas y ceniza.

Al día siguiente, se pudo comprobar que, aunque todo el servicio de la casa pudo escapar a tiempo, Cenicienta quedó atrapada y no pudo salir.

El sol estaba ya en lo alto y los restos seguían humeando. Alguna pared quedaba en pie, alguna viga de madera. Todo lo demás era un montón de ceniza.

Entre ese montón de ceniza brillaba un zapatito de cristal.

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4 comentarios sobre “Cenicienta. Otro cuento real

  1. La mejor interpretación del cuento de cenicienta que he leido….. ya era hora una versión sin” happy end” je je je je je
    Deseosa estoy de la version porno…..

    1. Supongo que habrá ya una versión porno. La que sí recuerdo es la de Blancanieves y los siete enanitos. Es muy divertida.

      En esta de Cenicienta habría que cambiar la forma de la carroza. En lugar de una gran calabaza, mejor un gran calabacín.

      (Besos)

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