Tiempo perdido en los bares

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El tiempo perdido en los bares tiene las dimensiones de un océano inacabable. Todos los relojes que hay en los bares deberían estar parados. Incluso los que funcionan, lo están, no es más que una ilusión óptica verlos moverse.

Ese océano inacabable está hecho de una materia muy parecida al líquido amniótico. Por eso los relojes -y los que están dentro del bar– no pueden avanzar. O lo hacen despacio, con grandes dificultades. Entre el tic y el tac, pueden pasar horas.

El tiempo perdido en los bares, afortunadamente, no se recupera jamás.

Tal vez, los que no frecuentan los bares, piensen que todo allí es diversión y algarabía constante. Nada más lejano de la realidad. Allí el tiempo se detiene -se pierde. Allí apenas hay nada, apenas nada más que tiempo perdido. Pero, aunque queramos engañarnos, el tiempo nos espera siempre a la puerta. Y en algún momento tenemos que salir.

El tiempo perdido en los bares nada tiene que ver con la felicidad o la chispeante alegría provocada por el alcohol. Ese tiempo pasado en los bares -ese tiempo de dimensiones oceánicas- sume a sus acólitos en un aburrimiento lisérgico. Se ejercita allí, sin mucho entusiasmo, un ascetismo laico y vacío. Es como recorrer un camino de perfección a la inversa.

El tiempo perdido en los bares se pierde igual que el otro. Mientras exista, lo seguiremos perdiendo.

¿Qué te debo?

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2 comentarios sobre “Tiempo perdido en los bares

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