La ratita presumida. Otro cuento real

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La ratita presumida era fea como una rata, aunque se acicalaba como si no fuera una rata y se daba aires de importancia, olvidándose de que no era más que una rata. Una rata de alcantarilla.

Despreciaba a los ratones que la pretendían, especialmente a uno que -por alguna extraña razón- estaba verdaderamente enamorado de ella. Pero la ratita presumida detestaba a los ratones en general, le parecían poca cosa, sobre todo éste, tan pesado, tan solícito y con esos bigotes tan ridículos. Ignorarlos -y de manera especial a este último- le divertía.

Llevaba unos lazos y otros oropeles tan inapropiados para una rata que todo el mundo la miraba. Aunque ella creía que lo hacían por su porte, estilo y elegancia. De más está decir que carecía de todas esas cosas.

Pero ella sabía que, en el fondo, esto era irrelevante.

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Tuvo varios -y muy importantes- pretendientes, que -por alguna extraña razón- perdían la cabeza por ella, una rata tan fea, una simple rata de alcantarilla. Hubo, entre ellos, nobles perros de raza, imponentes gallos de pelea y otros animales muy aparentes, a los que la ratita -después de coquetear con ellos entre guaguaus y quiquiriquíes- despreciaba, riéndose de sus intentos por conquistarla, mientras los mandaba a paseo.

Era tan divertido.

El pobre ratón de los bigotes esmirriados seguía insistiendo e, incluso, en una ocasión, le llegó a ofrecer su vida entera -una vida tranquila- y su ratuno amor eterno hasta que algún cepo lo partiera por la mitad.

La ratita presumida tuvo que colocarse el lazo un poco más arriba de su hundida frente para mirarle, con incredulidad y estupor, antes de prorrumpir en una sonora carcajada delante mismo de sus bigotes, ya definitivamente alicaídos.

Ella sabía muy bien lo que quería. No podía perder el tiempo.

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Y pasó el tiempo. Pasó el tiempo hasta que apareció por la ciudad un rollizo gato de bigotes como alambres. Aunque su familia y sus amigas le advirtieron de que no les convenía a los ratones andar con gatos, la ratita presumida lo tuvo claro. Y empezó a hacerse notar -si eso fuera posible- aún más. Iba tan emperifollada que apenas se la veía.

El gato la miraba desde lejos y sonreía satisfecho. Mientras, en un rincón, se ocultaba el pobre ratón de los raquíticos bigotes, pálido y tembloroso de miedo. Tenía que advertirla, pensaba el inocente. Y se temía lo peor. Pero nunca tuvo ocasión de hacerlo.

Una noche se oyó maullar a un gato con fuerza durante largos minutos. Y lo que tenía que suceder, sucedió.

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Por fin, la ratita presumida encontró su media naranja -aunque fuera un gato tan altanero y desagradable- y se mudó a vivir con él a la parte más noble y cara de la ciudad.

Nadie daba un duro por su felicidad, pero la cuestión es que, pasó el tiempo, y vivieron largos años juntos y, aparentemente, en buena armonía. Buenos coches, muchas horas de peluquería… ya saben.

Las últimas noticias que se tienen de la ratita presumida nos cuentan que se ha hecho varias operaciones de cirugía estética y que -por alguna extraña razón- al gran gato altanero y desagradable le sigue pareciendo guapísima.

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