Incendio

humo

De la misma manera que, cuando sumerges un hierro candente en el agua, desprende de inmediato vapor, como si humeara, ayer, en la línea del horizonte que forman las montañas del noroeste que protegen las tierras bajas del territorio, se levantó una columna de humo en el momento en el que el sol, como si fuera un hierro candente, se empezaba a ocultar, como si se sumergiera.

La columna de humo cada vez era más ancha y más espesa. Se había declarado un incendio en las zonas más altas, escarpadas y abruptas de aquellas sierras. (Es curioso cómo nos referimos, con la misma palabra, al inicio de un incendio, de una guerra, de una epidemia o de un amor. Todos se declaran. Tal vez tengan algo en común)

Pocas cosas hay más terribles que un incendio. La devastación de los árboles y de la tierra es total. Tendrían los incendios algo de bíblicos si no fuera porque la mayoría son provocados por la avaricia y la estupidez humanas.

Los animales que viven en la sierra huyen despavoridos, algunos quedan atrapados, y los pájaros vuelan sin saber muy bien a dónde. Los árboles, mientras, arden.

Afortunadamente, ayer fue una noche sin viento. El incendio pudo ser controlado a primeras horas de la mañana.

A pesar de los kilómetros de distancia, toda la noche entró un olor a quemado en la habitación, como si el espíritu de los árboles ardidos, de los arbustos y el resto de las plantas quemadas, y de los animales atrapados y calcinados, nos ungiera de culpabilidad con un poco de ceniza.

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