Poemita (Otro)

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I

La inteligencia está enamorada
-perdidamente y en secreto-
del instinto.

Aunque no creo
que llegue a perder la cabeza
por alguien que no le conviene.

Además, la inteligencia
es sabia y sabe que el instinto
prefiere siempre a otras.

II

Nunca fue feliz la inteligencia.

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Punto limpio

No hay nada más sucio que un punto limpio.

A pesar de su nombre, su función es la de reunir toda la basura posible, todo lo sucio o inservible. Lo que queda -lo que debería quedar- limpio, es el resto. Pero aunque cada vez hay más puntos limpios, el resto -las calles, la ciudad- sigue igual de sucio. O más.

Tal vez se deba a que cada vez hay menos personal dedicado a limpiar nuestras ciudades, aunque cada vez pagamos más por ello. O que cada vez generamos más basura y más desperdicios. O que ahora, prácticamente todo es de usar -incluso de no usar- y tirar. O que, simplemente, cada vez somos más guarros.

Todo lo han mecanizado y cada vez hay menos barrenderos, pero hay calles que se pasan meses sin verlos. La basura crece y permanece. Las papeleras están llenas hasta los topes durante semanas sin que nadie pase a vaciarlas. Los pequeños puntos limpios -los contenedores de vidrio y papel- aparecen rodeados de montañas de basura, que se desperdiga y acumula.

Todo está lleno de puntos limpios, pero la ciudad es un gran punto sucio. Ya casi no tengo el recuerdo de cuándo estuvo limpia.

En fin. Ayer. o anteayer, leí esto en el periódico:

escombros

Resulta que el mismo día de la inauguración de un punto limpio en una de las localidades del territorio, los asistentes al acto pudieron comprobar -creo que sin asombro- que en una cuneta frente al mismo, estaban tirados los escombros procedentes de la construcción del propio punto limpio.

Según la normativa municipal sobre gestión de residuos -cita el periódico-, arrojar escombros en lugares no habilitados para ello, está prohibido y, además, es sancionable”. Aunque sean los producidos por la construcción de un punto limpio.

El ayuntamiento ha afirmado al respecto, que es «demasiado aventurado» asegurar que esos escombros pertenezcan a la obra del propio punto limpio. Pudieron, es verdad, venir del espacio exterior. Pero que «aún así, se han dado los pasos oportunos para su retirada». Los pasos oportunos… cómo hablan nuestros políticos…

Si alguna vez necesito utilizar este punto limpio, no sabré si depositar la basura en el mismo punto limpio o, mejor, en la cuneta que hay al lado. Aunque otra opción es dejarla en el mismo ayuntamiento.

El tiempo alterado

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Me gustan esas mañanas que, de manera imprevista, nos equivocan y nos hacen creer que, aunque estemos en marzo, aunque sea por un instante, estamos en una mañana del mes de septiembre. O al revés.

De la misma manera, esta última luz de la tarde de un día del mes de octubre, me ha hecho creer, realmente, durante unos momentos, que era la luz de la tarde de un día del mes de mayo, tan dorada que se curvaba hacia dentro y nos hacía sentir que estábamos dentro de ella y fuera del tiempo, como si flotáramos.

Estoy convencido de que hay instantes fuera del tiempo, o, al menos, fuera del tiempo lógico y sucesivo del calendario. Ya sé que estamos en octubre, pero esta luz, esta brisa, este instante, es de mayo.

No sabemos, entonces, en qué mes estamos, durante unos segundos lo ignoramos, como en aquellas raras y profundas siestas en las que, al despertar, creíamos, durante un pequeño -pero suficiente- lapso de tiempo, que estábamos despertándonos a primera hora de la mañana de no sabíamos qué día, y tampoco sabíamos, ni siquiera, por qué lado de la cama salir, ni dónde estaba la puerta de la habitación, ni dónde, la ventana, hasta que nos volvía de nuevo, como una liberación, pero también como un lastre, la conciencia.

cydonia

En estos días finales de octubre, insospechadamente cálidos y soleados, están volviendo a brotar algunas yemas de los frutales, algunas flores incluso, como si fuera primavera, confundidas y totalmente a destiempo, como si no fuera a venir nunca más el frío, seco e intenso.

Una abeja revoletea sobre ellas. Su zumbido es como el zumbido que se oye en el mes de mayo.

El tribunal del viento

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A Juan de Tassis -o de Tarsis- y Peralta no le conoce nadie -ni siquiera les suena, ni para qué-, al Conde de Villamediana, pues a alguien más, pero a muy poquita gente -siendo la misma persona-, y lo que es leerle -estamos hablando de uno de los más grandes poetas de nuestra literatura- acaso lo ha hecho algún especialista en nuestro Siglo de Oro, un tanto despistado, eso sí.

Además, no solo su título nobiliario ha ocultado su nombre, sino que su vida -vertiginosa e insolente- ha oscurecido su obra, y, lo que es más divertido, su leyenda -de capa y espada, amores reales y muerte sin resolver- ha terminado de enmarañar ambas.

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De noble familia -era Correo Mayor del Reino, cargo que heredó de su padre-, vivió desde su infancia en los ambientes de palacio y, sin embargo, gozó de una excelente formación clásica. Pasó por la universidad como alma que lleva el diablo, sin obtener ninguna distinción académica. Prefirió disfrutar del brillo de la corte y las numerosas posibilidades que ofrecía a un joven tan ambicioso como inteligente.

También, y sobre todo, además de cortés, valiente, dadivoso, excelente jinete, dueño de una magnífica cuadra de caballos -a los que amaba tanto como a los diamantes y a la poesía-, era agresivo, temerario, dilapidador, altivo, vanidoso, vengativo, maldiciente, irascible, jugador, mujeriego, promiscuo, libertino, mujeriego y homosexual.

Esta vida desordenada de jugador, cortesano y poeta satírico -zahería sin piedad y con saña las miserias, errores, ineptitudes e inmoralidades de casi todos los Grandes de España, cuando no, directamente, los desplumaba en la mesa de juego- le ocasionó, al menos, dos destierros.

Muere el rey y le sucede su hijo. Las cosas cambian para don Juan y vuelve a Madrid. Todo parece sonreírle, pero se obceca -la cabra, por mucho que digan, siempre tira al monte- en seguir llevando una vida de despilfarro y escándalo. Los enemigos son fieles. Y muy poderosos.

Acababa de ponerse el sol, y en las primeras horas de la noche del 21  de agosto de 1622, es asesinado en plena calle Mayor de Madrid.

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Todavía no sabemos quién mató al conde -autor de uno de los más imponentes artefactos poéticos de la historia de nuestra literatura, la Fábula de Faetón, prodigio supremo, alarde similar a los de Góngora, insufrible poema, agotador, retórico y magnífico, prácticamente ilegible en estos tiempos tan funcionales-, no sabemos si fue asesinado por orden de alguna de sus muy numerosas amantes despechadas -a una de ellas la abofeteó en mitad de la representación de una comedia-; o por orden del mismo rey, cuando se enteró que estaba liado con una de las damas de la reina, a la que se estaba, también, beneficiando el susodicho rey; o como venganza por haber ocasionado -nuestro don Juan- un incendio en el coliseo de Aranjuez mientras se estrenaba ante la reina, el 8 de abril de 1622, una obra suya, La gloria de Niquea, para poder salvarla -a la reina- en brazos, y poder así palpar sus reales -y reales- carnes, algo que estaba penado con la muerte; o por alguna deuda, o afrenta más bien, de juego; o porque al Conde-Duque de Olivares le molestaba -le molestaba y le irritaba- su constante presencia y éxito en la corte; o porque estaba inmerso -don Juan hacía a pelo y a pluma- en un escandaloso proceso por sodomía, que llevó, en aquellos días de 1622, a la hoguera, a cinco buenos mozos de Madrid…

No sé, tal vez fueron todos un poco, él mismo, incluso…

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Pero no quería hablar de todo esto, que todo esto ocultara sus poemas, sus versos, tan barrocos y tan conceptistas, tan culteranos, tan pasados de moda. Sin embargo, sus temas poéticos más recurrentes no lo son. Habla del silencio, del desengaño, de la temeridad, del mito de Faetón -rebelde, insolente, que se sabía condenado, como él mismo, a morir joven.

Porque el desengaño todo lo tiñe, aunque lo intentes evitar:

Despediré esperanzas una a una…
Callaré quejas, beberé pasiones,
para que vez segunda mi deseo
no pise el umbral del desengaño.

Aunque siempre queda el misterio del amor. Cuando se refiere a los brazos de los amantes –que cuando sueltan, prenden, y cuando prenden, matan– nos dice que se abrazan entre sí…

…con ciegos nudos de eficaz misterio…

Pero continúa la tensión insoportable entre la inteligencia y la vida o destino:

Efecto nunca visto y peregrino,
enloquecer de puro entendimiento
un sujeto incapaz del escarmiento,
ciego por voluntad y por destino.

Al final, solo queda el silencio:

Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado ya, en la arena escrito.

Y toma, entonces, una decisión:

…por no me engañar, no creo,
por no me pudrir, no pienso.

Y se siente como Faetón, que…

…ciego, en golfos de luz, surcando yerra
piélago ajeno, error deslumbrado.

Pero, a pesar de todo, aunque…

…derrita el sol las atrevidas alas,
no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido.

Para el resto, nos quedan…

…los archivos diáfanos del viento…

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Puntual

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Reconozco que no soy puntual.

Suelo llegar media hora -a veces tres cuartos de hora- antes. Así que, cuando con quien he quedado llega solo diez o cinco minutos antes de la hora establecida, estoy ya bastante impaciente. Si llega en punto, me parece que ha llegado tardísimo. Y si se retrasa, pues me pongo en lo peor.

Esto de ser tan impuntual tiene la ventaja de que -además de no llegar nunca tarde (tarde en el sentido que pueda tener la palabra para la gente normal)-, gracias a esta extraña forma de entender la puntualidad, para hacer tiempo hasta que llega la hora en que realmente he quedado, doy vueltas por los alrededores, recorro sus calles, observo las tiendas, descubro el barrio, miro a la gente ir y venir, pasar.

Aún así, por muchas vueltas que dé -voy, despacio, enhebrando las calles-, suelo llegar con tiempo, con bastante tiempo. Por muy pronto que sea la cita, siempre llego antes. Nunca en punto.

Llegar puntual me parece algo imposible. ¿Cómo calcula la gente -qué hace, cómo sabe cuánto va a tardar, cómo acompasa la velocidad de los pasos- para llegar a la justa hora en que hemos quedado?

El hecho de que los relojes estén -más o menos- sincronizados y marquen -aproximadamente- la misma hora, no sirve de mucho. Siempre llego a destiempo.

Columnas, farolas, mordiscos, abrazos

Pieter Breughel, como sólo tenía una tabla cuando se ponía a pintar, pretendía meter el mundo, la vida entera y todos sus habitantes y costumbres, en él. Y lo más curioso es que le cabía. Allí está todo. Aquí lo tienen.

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En 1559 pinta Nederlandse Spreekwoorden -Los proverbios flamencos-, óleo sobre tabla de roble en la que, sin orden ni concierto -recordemos que está pintando el mundo, la vida-, acumula escenas y personajes que representan más de cien proverbios, dichos o refranes de la época.

Nadar contra corriente, El pez grande se come al chico, Darse de cabezazos contra una pared, Echar flores a los cerdos, Atar los perros con longaniza, Los tontos consiguen las mejores cartas… y otros muchos que hoy desconocemos, los integra con una alegre, desenfadada y cínica maestría. Otros más han caído en desuso.

Pero lo que continúa igual hoy día, es la proliferación incesante de las locuras y debilidades humanas. Porque Breughel, con la excusa esa de los proverbios, lo que pinta -una y otra vez- es la estupidez humana y lo absurdo de la vida de los hombres en sus más mínimos -y nimios- detalles.

Curiosamente, en el cuadro -como en la vida-, a pesar de la disparidad y dispersión absoluta, todo, al final, guarda una insospechada unidad compositiva.

Aunque, como viene siendo habitual, no quería hablar de esto. Quería contarles que ayer -aparte de otras muchas más- me bebí una cerveza. Una Pilaarbijter.

Pilaarbijter

Al indagar un poco más sobre ella (¿?), me entero de que se trata de una cerveza elaborada por encargo del obispo de la Diócesis de Brujas. Para darle nombre y decorar su etiqueta, se acordaron de la tabla de Breughel, en la que aparece, en la esquina inferior izquierda, la escena de un pilaarbijter, literalmente algo así como uno que va por ahí mordiendo las columnas, que es el nombre con el que eran conocidos en aquellas tierras los hipócritas, los falsos y los aduladores.

En la etiqueta también aparece el escudo de armas del obispo de Brujas y, abajo del todo, un lema que me tranquiliza: cum licentia Dioecesis Brugensis, con la aprobación de la diócesis de Brujas. Beber cerveza, entonces, es una bendición.

La Pillarbijter Blonde es una cerveza de alta fermentación. Tiene un color rubio claro y una espuma muy blanca y abundante. Resulta muy refrescante y posee un toque amargo bastante prolongado, a la que se añade una punta sutil de sequedad. Las sensaciones que deja son muy agradables.

Y deambulando mentalmente entre esas sensaciones tan agradables, volví a darle vueltas a Breughel, al obispo de Brujas y al muerdecolumnas, que tal vez en nuestro país habría que llamarlo meapilas, expresión, también, bastante gráfica. Aunque también hay otros individuos similares a los que da por morder esquinas o abrazar farolas. Breughel no daría abasto.

netherlandish-proverbs-1559 - detalle

Llegué a pensar, al principio, que el dibujo de la etiqueta hacía referencia a los borrachos que no se tenían en pie y se tenían que ir abrazando a los pilares, columnas o farolas que encontraban a su -zigzagueante- paso. Pero no.

Aunque en nuestro idioma, acaso podamos establecer cierto paralelismo entre aquel viejo pilaarbijter y nuestro actual abrazafarolas, tipo que se va abrazando a todo el mundo, lo conozca o no, que con tal de conseguir su propósito o, simplemente, adular a los poderosos, se abraza a ellos con una efusión tan falsa -y tan hipócrita- como ostentosa, golpeando con un estruendo hueco -cuánto tiempo, qué alegría verte, cómo te va- y sonoro las espaldas del otro, como si estuviera sacudiendo, enfervorecido, una estera llena de polvo.

Y si no encuentran a nadie digno de sus golpetazos y alharacas, no dudan en hacerlo con una farola. Da igual. La cosa es que te vean saludar.

En fin. Salud.

Museo

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Un pintor de brocha gorda, cuando va a un museo, se fija más en las paredes. Un electricista, cuando va a un museo, se queda pasmado con la disposición las luces. Un fontanero, cuando va a un museo, en seguida busca una excusa para ir a los aseos. Una señora de la limpieza, cuando va a un museo, se fija en los rincones y, cuando nadie la ve, se acerca a la pared para mirar detrás de los cuadros. Todo está tan limpio que se admira. Un ladrón, cuando va a un museo, no deja de pensar en cómo sacar lo que tienen allí guardado, si hay alguna manera de hacerlo. Un bombero, cuando va a un museo, se pierde buscando las salidas de evacuación. Un niño, cuando va a un museo, se siente atraído por los espacios libres, pero no entiende tantas recriminaciones. Un vigilante de sala de un museo solo se fija en la gente que pasa y en el reloj. De vez en cuando mira el techo.

Cuando voy a un museo, como no soy pintor de brocha gorda, ni electricista, ni fontanero, ni señora de la limpieza, ni ladrón, ni bombero, ni niño, ni vigilante de sala, no me queda más remedio que mirar los cuadros.