El tribunal del viento

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A Juan de Tassis -o de Tarsis- y Peralta no le conoce nadie -ni siquiera les suena, ni para qué-, al Conde de Villamediana, pues a alguien más, pero a muy poquita gente -siendo la misma persona-, y lo que es leerle -estamos hablando de uno de los más grandes poetas de nuestra literatura- acaso lo ha hecho algún especialista en nuestro Siglo de Oro, un tanto despistado, eso sí.

Además, no solo su título nobiliario ha ocultado su nombre, sino que su vida -vertiginosa e insolente- ha oscurecido su obra, y, lo que es más divertido, su leyenda -de capa y espada, amores reales y muerte sin resolver- ha terminado de enmarañar ambas.

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De noble familia -era Correo Mayor del Reino, cargo que heredó de su padre-, vivió desde su infancia en los ambientes de palacio y, sin embargo, gozó de una excelente formación clásica. Pasó por la universidad como alma que lleva el diablo, sin obtener ninguna distinción académica. Prefirió disfrutar del brillo de la corte y las numerosas posibilidades que ofrecía a un joven tan ambicioso como inteligente.

También, y sobre todo, además de cortés, valiente, dadivoso, excelente jinete, dueño de una magnífica cuadra de caballos -a los que amaba tanto como a los diamantes y a la poesía-, era agresivo, temerario, dilapidador, altivo, vanidoso, vengativo, maldiciente, irascible, jugador, mujeriego, promiscuo, libertino, mujeriego y homosexual.

Esta vida desordenada de jugador, cortesano y poeta satírico -zahería sin piedad y con saña las miserias, errores, ineptitudes e inmoralidades de casi todos los Grandes de España, cuando no, directamente, los desplumaba en la mesa de juego- le ocasionó, al menos, dos destierros.

Muere el rey y le sucede su hijo. Las cosas cambian para don Juan y vuelve a Madrid. Todo parece sonreírle, pero se obceca -la cabra, por mucho que digan, siempre tira al monte- en seguir llevando una vida de despilfarro y escándalo. Los enemigos son fieles. Y muy poderosos.

Acababa de ponerse el sol, y en las primeras horas de la noche del 21  de agosto de 1622, es asesinado en plena calle Mayor de Madrid.

jardines

Todavía no sabemos quién mató al conde -autor de uno de los más imponentes artefactos poéticos de la historia de nuestra literatura, la Fábula de Faetón, prodigio supremo, alarde similar a los de Góngora, insufrible poema, agotador, retórico y magnífico, prácticamente ilegible en estos tiempos tan funcionales-, no sabemos si fue asesinado por orden de alguna de sus muy numerosas amantes despechadas -a una de ellas la abofeteó en mitad de la representación de una comedia-; o por orden del mismo rey, cuando se enteró que estaba liado con una de las damas de la reina, a la que se estaba, también, beneficiando el susodicho rey; o como venganza por haber ocasionado -nuestro don Juan- un incendio en el coliseo de Aranjuez mientras se estrenaba ante la reina, el 8 de abril de 1622, una obra suya, La gloria de Niquea, para poder salvarla -a la reina- en brazos, y poder así palpar sus reales -y reales- carnes, algo que estaba penado con la muerte; o por alguna deuda, o afrenta más bien, de juego; o porque al Conde-Duque de Olivares le molestaba -le molestaba y le irritaba- su constante presencia y éxito en la corte; o porque estaba inmerso -don Juan hacía a pelo y a pluma- en un escandaloso proceso por sodomía, que llevó, en aquellos días de 1622, a la hoguera, a cinco buenos mozos de Madrid…

No sé, tal vez fueron todos un poco, él mismo, incluso…

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Pero no quería hablar de todo esto, que todo esto ocultara sus poemas, sus versos, tan barrocos y tan conceptistas, tan culteranos, tan pasados de moda. Sin embargo, sus temas poéticos más recurrentes no lo son. Habla del silencio, del desengaño, de la temeridad, del mito de Faetón -rebelde, insolente, que se sabía condenado, como él mismo, a morir joven.

Porque el desengaño todo lo tiñe, aunque lo intentes evitar:

Despediré esperanzas una a una…
Callaré quejas, beberé pasiones,
para que vez segunda mi deseo
no pise el umbral del desengaño.

Aunque siempre queda el misterio del amor. Cuando se refiere a los brazos de los amantes –que cuando sueltan, prenden, y cuando prenden, matan– nos dice que se abrazan entre sí…

…con ciegos nudos de eficaz misterio…

Pero continúa la tensión insoportable entre la inteligencia y la vida o destino:

Efecto nunca visto y peregrino,
enloquecer de puro entendimiento
un sujeto incapaz del escarmiento,
ciego por voluntad y por destino.

Al final, solo queda el silencio:

Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado ya, en la arena escrito.

Y toma, entonces, una decisión:

…por no me engañar, no creo,
por no me pudrir, no pienso.

Y se siente como Faetón, que…

…ciego, en golfos de luz, surcando yerra
piélago ajeno, error deslumbrado.

Pero, a pesar de todo, aunque…

…derrita el sol las atrevidas alas,
no podrá quitar al pensamiento
la gloria, con caer, de haber subido.

Para el resto, nos quedan…

…los archivos diáfanos del viento…

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