En los confines del Mar Glacial

Así pues, con buena salud tosed fuerte, bebed tres tragos,
abandonad prestamente vuestras preocupaciones,
y oiréis contar maravillas del noble y buen Pantagruel.

Pantagruel no es una novela. Son cuatro. Cinco si contamos el quinto libro, de bastante dudosa atribución. Es lo que pasa también un poco con el Quijote. Siempre dicen que es la mejor novela escrita en español. Y puede que sea cierta la afirmación. El problema es que no es una novela. Son dos.

Por una de esas casualidades que no interesan a nadie, cayó en mis manos el Cuarto Libro de Pantagruel, editado en 1552 y escrito, como las anteriores entregas, por el médico francés François Rabelais. Aunque no había leído éstas, me tiré de cabeza al cuarto libro con bastante inconsciencia.

220px-Rabelais

Al menos me ha servido para valorar mejor las dos novelas aparentemente paródicas del Caballero de la Triste Figura. No hay color.

Es este cuarto libro pantagruélico una mofa violentamente satírica de los libros de viajes y descubrimientos que proliferaron en el siglo XVI. Es su versión cómica, punki y lenguaraz.

Es un constante vaivén entre la fantasía desbocada -los personajes parece que se han escapado de un cuadro de El Bosco o de Brueghel, creo que El Viejo- y la burla de la erudición libresca. Todo es grotesco y, aunque pretende divertir y hacer reír, también guarda otras intenciones.

La obra pertenece -y no le importa- a la cultura más popular y carnavalesca. El lenguaje de Rabelais es casi siempre escatológico, no le importa llenarse de inmundicias y secreciones. El don que tiene para la invención verbal es prodigioso e imparable.

Pero poco más.

pantagruel 4

En uno de los episodios que se suceden, avanza la nave de Pantagruel en busca del oráculo de la Divina Botella cuando se adentran en los confines del Mar Glacial. Allí escuchan palabras…

-Compañeros, ¿no oís nada? Me parece escuchar a gente que habla en el aire, aunque no veo a nadie. Escuchad.

No se oye nada y el barco sigue avanzando lentamente…

…cuando nos pareció que nosotros también las oíamos, o que nos zumbaban en los oídos. Cuanto más perseverábamos en escuchar, más discerníamos las voces, hasta oír palabras enteras.

Empezó a cundir cierto temor entre la tripulación.

El piloto respondió:
-Señor, no os asustéis por nada. Estamos en los confines del Mar Glacial, donde se libró (…) una gran y feroz batalla (…) Entonces se helaron en el aire las palabras y los gritos de los hombres (…) Ahora, pasado el rigor del invierno, al llegar la serenidad y templanza del buen tiempo, se funden y se oyen.

Las palabras, aún congeladas, se pueden tocar y coger con las manos.

-¡Mirad, mirad! -dijo Pantagruel- Ved aquí algunas que se ha deshelado.

Entonces nos echó sobre la cubierta puñados de palabras, que parecían grageas en forma de perlas de diversos colores. (…) las cuales, después de calentarlas un poco en nuestras manos se fundían como nieve y las oíamos realmente.

¿Cuántas de nuestras palabras se quedaron congeladas? ¿Cuándo empezarán a derretirse?

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