Charcos

charcos

Cuando éramos niños un charco era una invitación a la transgresión y a la felicidad. Resultaban irresistibles. Simplemente pisarlos… Pisarlos, chapotear y salpicar a los que nos miraban y no se atrevían a meterse en ellos.

Ahora los evitamos. Los evitamos con una prevención excesiva, ridícula, casi quirúrgica.

Bueno, los intentamos evitar, porque, a veces, sin querer, caemos en ellos. Despotricamos entonces porque nos hemos mojado, porque nos hemos manchado. Como si mojarse, como si mancharse de barro, fuera lo más horrible que nos podía suceder.

Una vez conocí a un tipo que se metía en todos los charcos. Y así iba por la vida, empapado y feliz.

Creo que le tengo envidia.

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4 comentarios sobre “Charcos

    1. Es verdad. Siempre no hacía una ilusión especial ponernos las katiuskas… Aunque los calcetines acababan arrebujados en la punta del pie.

      1. Sobre todo si vivías en sitios donde la lluvia no era lo habitual.
        Hoy las llevo puestas 🙂 En Barcelona llueve. No evitaré ni un solo charco; incluso pisaré algunos por ti 😉
        ¡Feliz día!

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