Las heridas en las rodillas

mercrominabn

Las heridas en las rodillas le daban sentido al mundo.

Recuerdo el bote de mercromina. Pero antes de que lo utilizaran, te hacían la pregunta: ¿alcohol o agua oxigenada? El agua oxigenada no escuece, decían para tranquilizarte. Pero es mucho mejor el alcohol. Escuece un poco, pero desinfecta la herida. Eso te decían mientras te acercaban el algodón empapado que, a traición, aplicaban sobre la herida. No se por qué decían que escocía un poco.

Después, el cuentagotas cargado de mercromina dejaba caer con cuidado las gotas rojas, tap, tap. Un pequeño reguero se deslizaba pierna abajo.

A los pocos días se formaba una costra. Una costra que se iba oscureciendo y endureciendo. Poco a poco se iba despegando por los bordes. Pero no podíamos esperar a que se desprendiera ella sola, por sí misma. Con cuidado, al principio, despegábamos la costra de la herida. Iba saliendo, iba separándose de la piel.

Pero con el tirón final, nos dábamos cuenta de que nos habíamos precipitado, de que teníamos que haber esperado a que se desprendiera ella sola, por sí misma. Ahora teníamos, otra vez, la herida en carne viva.

El mundo volvía a tener sentido.

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