El mapa del tesoro

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Fueron muchas las peripecias, muchos los años y muchas las penurias que tuvo que sortear, vivir y soportar antes de llegar a la isla. Más de una vez estuvo a punto de abandonar. Pero el corazón le seguía latiendo, tan cerca de ese mapa que escondía en el pecho y que le indicaba dónde se encontraba el tesoro.

Era ese trozo de papel cuarteado, casi borrado, y no su corazón, quien le empujaba a través de tierras y mares extraños, bajo un sol inclemente o atravesando tormentas que parecían que se hubieran escapado del mismo apocalipsis, jugándose, a cada paso, la vida.

Conoció a santos y a canallas, a gente que iba por la vida como va el que no le queda otro remedio, rufianes y almas cándidas, que le acompañaban un trecho o se cruzaban en su camino. Compañeros tuvo pocos y todos terminaron por irse y desaparecer. Hubo hermosas muchachas con la piel del color de la canela…

En los momentos peores o en los más solitarios, cuando se sentía al borde de una desesperación pegajosa y demasiado conocida, sacaba el papel, lo desplegaba con cuidado y miraba los nombres, sus líneas, sus esquemáticos dibujos. Éstos eran para él como las constelaciones para los antiguos marinos en la noche.

No sabía si lo que latía en su pecho era su corazón o el mapa del tesoro.

Al fin, al cabo de los años, divisó en silencio la silueta quebrada y reseca de la isla. La pequeña embarcación avanzaba demasiado despacio hacia una diminuta y oculta ensenada. Hacía un calor extremo. Parecía que nunca hubiera habido nubes en ese cielo. Puso el pie en tierra y no volvió a mirar atrás.

La isla no era muy grande. Sus escasos habitantes apenas se interesaron en él. Al día siguiente, empezó a buscar, a intentar reconocer las señales, a seguir las -demasiado imprecisas, ahora se daba cuenta- instrucciones de aquel trozo de papel.

Con empeño y método, organizó sus jornadas de sol a sol. Cuadrante a cuadrante, por los secos arroyos y los caminos de cabras, en cada valle, adentrándose en cada cueva y sopesando las posibilidades de que hubiera un escondrijo en cada roca de cada colina.

Siempre pensó que lo difícil sería llegar hasta la isla, que una vez allí todo sería inmediato y fácil. Ahora, al cabo de los días, empezaba a reconocer que lo difícil dio comienzo cuando puso el pie en tierra en esa isla.

Pasaban los días. Alguna nube, blanca y pequeña, se deshilachaba de vez en cuando en el cielo azul. Cada día caminaba por el interior pedregoso de la isla con pasos decididos hasta que terminaba, a última hora de la tarde, extenuado. Por la noche volvía a extender el papel a la luz de un fuego escaso.

Y pasaron los meses. Y luego pasaron los años. Acabó convirtiéndose, entre los pocos pescadores que la habitaban unos meses al año, en una figura extraña pero conocida, en un elemento más del paisaje calcinado de la isla.

Con menos ímpetu, pero con la misma obstinación, iniciaba al amanecer sus calculadas e interminables caminatas. De vez en cuando volvía a sacar el mapa y lo extendía sobre una piedra -o sobre el mismo suelo- recorriendo con el dedo las líneas que había dibujadas en él.

Nunca quiso reconocer que el mapa de la isla del tesoro se refería a otra isla.

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