Érase una vez

Érase una vez un cuento que se negó a comenzar diciendo aquello tan tonto y tan manido de érase una vez, y avanzaba ahora, por eso, perdido, sin saber ni cuándo ni cómo ni por qué había empezado, ni por dónde se andaba, ni si fue cierto alguna vez, ni tan siquiera si hubo esa vez, ni si era o se era.

Así que el cuento que no sabía si era miraba a los otros cuentos avanzar seguros, con determinación, contando una historia con su principio y su argumento, con sus personajes encaminándose decididos hacia su seguro final, interesantes, entretenidos y ordenados, y sentía cómo él, que no quiso -u olvidó- comenzar, como todos los cuentos, por el principio, iba dando tumbos y rodeos, indeciso, confuso, y lo que es peor, sin tener claro cómo iba a acabar, planteándose, incluso, en cada punto y aparte, su simple existencia, su sentido.

¿No sería él, acaso, el cuento que no venía a cuento? ¿O el cuento que, por no contar nada, tenía mucho cuento? ¿O el cuento de nunca acabar porque no supo empezar? ¿O el cuento del para qué te cuento? ¿O simplemente era un descuento más bien?

¿Por qué pensó -al olvidarse o preferir no empezar diciendo, como hubiera sido mejor, érase una vez– que su cuento era mejor que los otros y no lo necesitaba? ¿A qué venía esa soberbia y ese orgullo? ¿No se había dado cuenta aún, después de tantos años, de que, por muy magnífico y extraordinario que fuera su cuento, lo más importante, lo más definitivo era ese érase una vez, ese inicio mágico, ineludible, mucho, muchísimo más que todo lo que vendría después, siempre bastante imprescindible o intercambiable?

Así que, sin saber por dónde continuar, deprisa y corriendo y sin pensarlo mucho, como curándose en salud, decidió terminar el cuento, de manera un tanto abrupta y sin venir a cuento, con aquello tan tonto y tan manido de colorín colorado.

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Hacer la cama

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Cada vez que sacudo las sábanas, cuando estoy haciendo la cama, me vienen a la cabeza, superpuestas unas con otras, interminables y repetidas, las otras mañanas anteriores en las que sacudía las sábanas cuando hacía la cama.

Sacudo las sábanas y pienso que no hago otra cosa que sacudir las sábanas, que el resto de cosas que hago durante el día tienen menos importancia, apenas tienen relevancia, de hecho, se desvanecen en el tiempo y dejan enseguida de existir. Sin embargo, el hecho de sacudir las sábanas y de hacer la cama permanece inalterable, repetido con exactitud, en el tiempo.

Pienso en ese momento, no sé muy bien porqué, que es el momento más importante del día o, al menos, el momento que marca con nitidez la diferencia entre uno y otro. Aunque, luego, todos sean bastante iguales. Por lo menos sé que éste empieza.

Pero el hecho es que lo que queda entre hacer la cama -entre echar toda la ropa de la cama hacia atrás, sacudir las sábanas y después colocarlas de nuevo, remeterlas bajo el colchón y alisarlas- de una mañana y de otra, entre la de ayer y la de hoy, por ejemplo, lo que hay, lo que sucede entre ellas, carece de importancia.

Todo lo que viene después será más o menos importante, más o menos decisivo, tendremos nuevos problemas, o seguirán sin resolverse, o serán resueltos para dar paso a otros nuevos, o vendrán nuevas e inesperadas alegrías, o vendrá lo de siempre, la rutina con la escasa pero segura fuerza de la pura inercia, todo eso, aproximadamente vendrá, pero, al cabo, serán todas ellas cosas irrelevantes comparadas con el hecho definitivo y meridiano de hacer la cama.

Es como si lo que diera coherencia a nuestros hechos, a todo lo que desarrollamos -o intentamos desarrollar- durante el día, a todo lo que nos pasa, ya sea decisivo o nimio, sea el hecho de hacer la cama. Lo más importante, lo único, diría.

Esto es, más o menos, y sin saber muy bien porqué, ni si tiene siquiera algo de sentido, lo que me viene a la cabeza cuando hago, por la mañana temprano, la cama. Sacudir las sábanas, remeterlas, alisarlas, etcétera, es lo más importante. Una vez hecha, me creo que todo está ya hecho.

Luego, el día se encarga de deshacerlo todo, minuciosamente hasta mañana.

Argumentos (11)

Ahora parece que no hacen falta resúmenes ni sinopsis, es suficiente con una frase ingeniosa -más bien pretendidamente impactante- para hacernos saber de qué va la película. Como si no hiciera falta más. Una especie de estúpido eslogan.

Estos nuevos -aunque son viejos, viejísimos- recortes de periódicos son algo más explícitos. Aunque no mucho. Nunca se sabe si son suficientes. Pero siempre había alguien que perdía el tiempo escribiendo dos o tres líneas.

También es preferible que el argumento de la vida no sea demasiado explícito. Que tenga, al menos, dos o tres líneas. Que las escriba alguien.

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En 1957 Ruby Claire dirige un cine al aire libre situado cerca de una ciénaga. Veinte años atrás, en la década de los treinta, Ruby era la chica del jefe de una banda de gánsteres.

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Galla Placidia, hermana de Honorio, es una mujer muy bella, astuta y sensual. Cuando cae Rávena, Alarico y Ataúlfo exterminan con sus hordas el ejército romano.

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Una joven y bella maestra es destinada a un pequeño pueblo siciliano.

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Un famoso pistolero intenta olvidar su sangriento pasado. Por más que lo intenta, su habilidad con las armas parece llevarle siempre a protagonizar situaciones violentas.

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Danny, un tímido e introvertido saxofonista, ve cómo su novia y el director de su orquesta son asesinados. Deshecho, intenta refugiarse en la música, pero, poco a poco, se va apoderando de él un sentimiento de venganza.

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Un joven hace la corte a una bella mujer, pero ésta le rechaza, escapando con un ilusionista, en vista de lo cual decide robar el cuadro de La Gioconda.

 –O–

Jane Hudson, que fue en su niñez una auténtica estrella de cine, y su hermana Blanche, también una joven actriz de éxito que vio interrumpida su carrera por un grave accidente automovilístico, son ahora dos ancianas que bien aisladas y solitarias en una antigua y ruinosa mansión de Hollywood.

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Cuatro jóvenes compañeros de colegio, buenos amigos entre sí, se encuentran desorientados sin saber qué hacer con su futuro.

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Los pieles rojas atacan un tren especial y roban un pony enviado por el embajador del Japón para representarle ante los japoneses emigrados al Oeste americano. Se trata, pues, de un caballito sagrado que es preciso recuperar.

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Un niño debe pasar el sábado enfermo en la cama.

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Andrea está casado con María Grazia. Al iniciar una aventura extramatrimonial con una mujer de muy buena reputación, comienza a pensar que, si esta mujer, con semejante intachable apariencia, puede engañar a su marido sin ningún problema, su propia mujer también podría hacerlo.

Novedades discográficas (10)

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Who is the sender? Bill Fay. Dead Oceans, 2015.

Era muy joven y con mucho talento. Estaba feliz porque, por fin, iba a grabar sus canciones. Eran delicadas y de una belleza muy personal. Una vez en el estudio de grabación, todos, el productor, la discográfica, el ingeniero de sonido, los músicos, el manager, se encargaron minuciosamente de masacrarlas. Las hincharon y adornaron con insufribles y melifluos arreglos de cuerda hasta quedar irreconocibles. Lo que era folk intimista acabó convertido en una banal colección de canciones ligeras presuntamente radiables.

Corría el año de 1970. Cuando este primer disco homónimo de Bill Fay salió a la calle -tan innecesaria como ridículamente engolado- nadie le hizo el menor caso. Escuchado hoy se salvan las maravillosas canciones si uno es capaz de separar el grano de la odiosa paja, aunque acabe respirándola, atragantado, sin querer.

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Al año siguiente graba, con algo más de libertad -era ya un caso perdido para el éxito, lo único que interesa-, Time of the Last Persecution. La discográfica ni siquiera se molestó en editarlo. Dudaban incluso de su salud mental.

Aquí se acabó la carrera musical de Bill Fay. Durante todos estos años se ganó la vida como empleado de una empresa de limpieza, reponedor de la sección de pescadería de un supermercado, jornalero en las campañas de recogida de fruta y jardinero. Uno de los músicos y compositores más notables de las islas británicas.

Al cabo de los años, una diminuta discográfica se pone en contacto con él y le ofrece la posibilidad de volver a grabar. Durante todo este tiempo no dejó en sus ratos libres de tocar el piano y componer. En 2012 edita Life is People. Otra maravilla intimista, llena de alma y con el ritmo de una respiración armónica.

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Ahora vuelve con más canciones, canciones sencillas, casi silenciosas. Su piano suena como las gotas de lluvia cuando son pocas y está empezando a -o dejando de- llover.

Who is the sender? se escucha como si estuvieras dentro de una catedral, pero no de una catedral llena de feligreses y boato, sino de una catedral vacía y en penumbra. Las canciones son como esos rayos de luz a través de las vidrieras iluminando rincones y haciendo visibles las motas de polvo flotando en el espacio.

 

 

Nostalgia del Ángel

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Antes teníamos un Ángel de la Guarda y ahora, un Piloto Automático.

En la edad de la inconsciencia el Ángel siempre velaba por nosotros. La vida era trepidante, libre, interesante y fugaz. El tiempo no importaba y los riesgos y amenazas pasaban demasiado cerca, como las balas silbando en las películas, pero sin tocarnos apenas. El Ángel sonreía.

Ahora la vida no es trepidante, ni libre, ni interesante, solo fugaz, cada vez más fugaz. El Ángel hace tiempo que se fue definitivamente, y fue entonces cuando echamos mano del Piloto Automático. Al principio lo utilizábamos con prevención, solo en algunos momentos. Ahora nos hemos acostumbrado a llevarlo siempre puesto.

Vivimos con el Piloto Automático, trabajamos con el Piloto Automático, nos divertimos con el Piloto Automático, atendemos a nuestros niños con el Piloto Automático, hablamos con los demás con el Piloto Automático, amamos con el Piloto Automático.

Ni siquiera sabemos -ni nos importa saber- si funciona bien o no. Nos es suficiente con que esté siempre en marcha. La mayor parte del tiempo.

Aunque hay momentos en los que sentimos -algo así como- nostalgia de aquellos primeros y lejanos años de la inconsciencia, de aquellos años en los que no creíamos que existiera un Ángel de la Guarda que cuidaba de nosotros.

El cerebro de la rata

El cerebro de la rata funciona con una alternancia -que no nos resulta extraña- de inteligencia y cobardía. Tal vez no sean -esa inteligencia, esa cobardía- más que puro instinto de supervivencia. El cerebro de la rata no tiene tiempo para pensar. Actúa siempre entre las subterráneas sombras.

Un grupo de científicos está estudiando desde hace timepo las conexiones neuronales en la corteza cerebral de las ratas. Dicen que llevan más de cuatro décadas haciéndolo. Debe ser -debe ser- fascinante.

Ahora -dicen- están en disposición de integrar los resultados y obtener -en la medida de que esto sea alguna vez posible- algunas conclusiones. Dicen que el mapa de estas conexiones neuronales del cerebro de una rata es muy similar a la estructura con la que se sostiene y funciona internet.

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Así que internet no reproduce -ni se parece a- la estructura funcional del cerebro humano, aunque fue el cerebro humano quien lo puso en marcha y lo mantiene. Al hacerlo, de manera supongo que involuntaria, el cerebro humano diseñó un mapa de conexiones muy similar al del cerebro de una rata.

La corteza cerebral es como un mini Internet”, explica Larry Swanson, autor principal del trabajo, llevado a cabo por un grupo de científicos de la Universidad de California del Sur. “Internet tiene innumerables redes locales que se conectan con redes regionales mayores y finalmente con los nodos que forman su red troncal. El cerebro funciona de forma parecida”.

Más allá de lo visible del cerebro, lo que importan son las conexiones que se establecen, cómo, para qué, de qué manera. Los sistemas sensoriales captan la información externa que desencadena el funcionamiento de esa complicada red interior. Detrás del conocimiento -y me temo que, también, del sentimiento- subyace una compleja arquitectura celular muy jerarquizada. Nada más.

El núcleo de la corteza cerebral de una rata está formado por dos redes locales, una controla la visión y el aprendizaje, y otra regula el funcionamiento del organismo, los órganos, los músculos, las extremidades y todo eso.

A éstas dos redes las envuelven -como una matrioska acoge y engulle a otra matrioska- otras dos, una relacionada con el olfato -por eso mueven tanto las ratas su frío y húmedo hocico- y otra en la que se recoge y procesa la información -procurando no liarse demasiado- de las otras tres.

Pero, desgraciada o afortunadamente, estas interconexiones entre los distintos módulos se establecen -ay- de manera asimétrica. No todo es mecánico o automático, según estos científicos, existe una base genética, altamente condicionante, para algunos flujos de información en el cerebro. Depende de qué tipo de ratas hayan sido tus padres.

Ahora entiendo por qué resulta tan placentero desconectarse de la red.