Nido

nido

Está construido con ramas secas, duras, resistentes, entrelazadas hasta formar una concavidad tan acogedora como incómoda. Las afiladas puntas y duras espinas de las ramas secas no son un lecho muy confortable.

Por no hablar de los excrementos que se van acumulando.

La vida allí no es fácil. Un padre ausente y una madre hiperprotectora -que acostumbra a aplastarte inmisericordemente, a darte calor, lo necesites o no, y a embutirte comida, quieras o no quieras- son las dos sombras -una más que otra- que se asoman a esa oquedad maloliente y que se ciernen sobre tu incipiente existencia. Atrapada allí sin remedio.

Después tienes que pelear con otros individuos similares que ocupan casi todo el espacio, que se adelantan para quitarte la comida y que, como te descuides y no andes listo, no tendrán ningún reparo en tirarte y lanzarte al vacío. Así habrá más espacio y más comida. Son tus hermanos.

También hay otras amenazas, otros depredadores, otras dificultades añadidas.

No. La vida en el nido no es fácil. Después, tampoco.

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