Novedades discográficas (10)

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Who is the sender? Bill Fay. Dead Oceans, 2015.

Era muy joven y con mucho talento. Estaba feliz porque, por fin, iba a grabar sus canciones. Eran delicadas y de una belleza muy personal. Una vez en el estudio de grabación, todos, el productor, la discográfica, el ingeniero de sonido, los músicos, el manager, se encargaron minuciosamente de masacrarlas. Las hincharon y adornaron con insufribles y melifluos arreglos de cuerda hasta quedar irreconocibles. Lo que era folk intimista acabó convertido en una banal colección de canciones ligeras presuntamente radiables.

Corría el año de 1970. Cuando este primer disco homónimo de Bill Fay salió a la calle -tan innecesaria como ridículamente engolado- nadie le hizo el menor caso. Escuchado hoy se salvan las maravillosas canciones si uno es capaz de separar el grano de la odiosa paja, aunque acabe respirándola, atragantado, sin querer.

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Al año siguiente graba, con algo más de libertad -era ya un caso perdido para el éxito, lo único que interesa-, Time of the Last Persecution. La discográfica ni siquiera se molestó en editarlo. Dudaban incluso de su salud mental.

Aquí se acabó la carrera musical de Bill Fay. Durante todos estos años se ganó la vida como empleado de una empresa de limpieza, reponedor de la sección de pescadería de un supermercado, jornalero en las campañas de recogida de fruta y jardinero. Uno de los músicos y compositores más notables de las islas británicas.

Al cabo de los años, una diminuta discográfica se pone en contacto con él y le ofrece la posibilidad de volver a grabar. Durante todo este tiempo no dejó en sus ratos libres de tocar el piano y componer. En 2012 edita Life is People. Otra maravilla intimista, llena de alma y con el ritmo de una respiración armónica.

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Ahora vuelve con más canciones, canciones sencillas, casi silenciosas. Su piano suena como las gotas de lluvia cuando son pocas y está empezando a -o dejando de- llover.

Who is the sender? se escucha como si estuvieras dentro de una catedral, pero no de una catedral llena de feligreses y boato, sino de una catedral vacía y en penumbra. Las canciones son como esos rayos de luz a través de las vidrieras iluminando rincones y haciendo visibles las motas de polvo flotando en el espacio.

 

 

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