Érase una vez

Érase una vez un cuento que se negó a comenzar diciendo aquello tan tonto y tan manido de érase una vez, y avanzaba ahora, por eso, perdido, sin saber ni cuándo ni cómo ni por qué había empezado, ni por dónde se andaba, ni si fue cierto alguna vez, ni tan siquiera si hubo esa vez, ni si era o se era.

Así que el cuento que no sabía si era miraba a los otros cuentos avanzar seguros, con determinación, contando una historia con su principio y su argumento, con sus personajes encaminándose decididos hacia su seguro final, interesantes, entretenidos y ordenados, y sentía cómo él, que no quiso -u olvidó- comenzar, como todos los cuentos, por el principio, iba dando tumbos y rodeos, indeciso, confuso, y lo que es peor, sin tener claro cómo iba a acabar, planteándose, incluso, en cada punto y aparte, su simple existencia, su sentido.

¿No sería él, acaso, el cuento que no venía a cuento? ¿O el cuento que, por no contar nada, tenía mucho cuento? ¿O el cuento de nunca acabar porque no supo empezar? ¿O el cuento del para qué te cuento? ¿O simplemente era un descuento más bien?

¿Por qué pensó -al olvidarse o preferir no empezar diciendo, como hubiera sido mejor, érase una vez– que su cuento era mejor que los otros y no lo necesitaba? ¿A qué venía esa soberbia y ese orgullo? ¿No se había dado cuenta aún, después de tantos años, de que, por muy magnífico y extraordinario que fuera su cuento, lo más importante, lo más definitivo era ese érase una vez, ese inicio mágico, ineludible, mucho, muchísimo más que todo lo que vendría después, siempre bastante imprescindible o intercambiable?

Así que, sin saber por dónde continuar, deprisa y corriendo y sin pensarlo mucho, como curándose en salud, decidió terminar el cuento, de manera un tanto abrupta y sin venir a cuento, con aquello tan tonto y tan manido de colorín colorado.

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10 comentarios sobre “Érase una vez

      1. Lo decía como elogio, no era nada peyorativo, sino todo lo contrario.
        Lo que ocurre es me lío y cuando quiero explicarme, lo estropeo.
        Siempre es mejor dar un rodeo y sentarse a la sombra de una Paulonia.

      1. Los cuentos deben terminar. Aunque solo sea para que empiece otro.
        Si no, sería el cuento de nunca acabar.

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