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Archive for 31 mayo 2015

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Basta con que utilicen algo de calidad, aunque sea en dosis mínimas, para que lo publiciten al máximo. Pasa, no sé, con las patatas fritas en aceite de oliva -virgen extra, además-, en las que sacan una aceitera y unas olivas dibujadas en la bolsa a un tamaño mayor que el de las mismas patatas, y si te paras a leer los ingredientes -el porcentaje utilizado de aceite de oliva-, pues te entra la risa. Y un poco también la indignación.

Pero en este caso del té con limón se sobrepasan -creo- todos los límites de la indecencia. No es que sea un elemento más del producto el que se utiliza para dar prestigio -y, sobre todo, para justificar un precio más alto- a lo que quieren vender, sean unas patatas fritas o un chalet adosado, es que en este caso se trata del producto en sí.

Te venden té con limón, y supones que estará fabricado fundamentalmente con té -aparte de los conservantes, edulcorantes, estabilizantes y otros antes, que tenemos ya asumidos en nuestra, cada vez más, delirante alimentación-, agua, limón, extractos, azúcares también, pero piensas que debe llevar, sobre todo, té.

Pues no. Te están vendiendo otra cosa. Porque si indagas en las minúsculas letras traducidas a varios idiomas de la parte de atrás de la etiqueta, entre las demasiadas líneas para tan simple producto, que ocupan los ingredientes, te las ves y te las deseas para encontrar aquello que crees que debe ser la base de lo que has comprado y -lo que es peor- de lo que te vas a beber, el té.

Al fin, como escondido, lo encuentras. Aunque no es exactamente té, lo que lleva la bebida es extracto de té. Por fin. Creo que estoy bebiendo té.

Pero tienes que ponerte -o quitarte- las gafas para poder atisbar la cantidad que lleva, el porcentaje con respecto al total. Y es entonces cuando piensas que no ves bien, que no puede ser, que, son tan pequeños los números, que debes verlos mal.

Parece que pone que la cantidad de té que lleva esta bebida de té, y que has comprado como si fuera bebida de té, no lleva más que un 0,8% de té, pero abro aún más los ojos -más bien los entrecierro para afinar la visión- y descubro -no puede ser, tal vez es una errata- descubro otro cero intercalado, no es un 0,8%, es, acabáramos, un 0,08%. Sic. Un 0,8% debe ser una exageración. Mejor con menos, pensaron.

Habrán metido y sacado la bolsita sin que apenas diera tiempo a que extracte. Tal vez la han tenido sumergida 0,08 segundos. No sé cuantos millones de litros pueden llegar a fabricar con 100 gramos de té.

Entonces, ¿qué estamos bebiendo? Bueno, y así todo.

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mannequin

El emperador no sabía qué ponerse.

Tenía los armarios -decenas y decenas de armarios- llenos de vestidos y ropajes fastuosos. Todos los había diseñado su modisto favorito. Quien no supiera apreciar su refinado estilo y su apabullante elegancia, era, sin más, un ignorante y un pobre zafio.

Así que todos, en cuanto tenían ocasión de ver al emperador luciendo sus trajes, no podían menos que quedarse boquiabiertos, enarcar las cejas y mostrar su más sumisa aprobación. No habían visto en su vida cosa igual. Y tenían que reconocer, además, la prestancia del emperador al llevar tales prendas, lo hacía con una naturalidad tal, que era como si no llevara nada.

Esa mañana no sabía qué ponerse, eran tantos y tan lujosos los trajes que, en el fondo, de lo que tenía ganas era de salir desnudo, de no llevar nada. Pero como era el emperador, tenía mantener las apariencias. Y eligió un traje cualquiera.

A todo el mundo le iba a parecer magnífico.

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Caras, plantas

Si consigo abstraerme -aún más de lo que suelo estar- y tengo posibilidad de perder algo de tiempo mirando con atención, no sé, un baldosín del cuarto de baño, una pared que amenaza con descascarillarse, la corteza de un árbol o, simplemente, una nube, acabo por ver una cara o el perfil de una figura con bastante nitidez.

Tiene uno, entonces, la sensación de estar inspirado, de poder sentir o ver lo que la mayoría -más bien todos- son incapaces, y se cree superior, más visionario o más sensible, o acaso horriblemente condenado a tener esas visiones.

Pero no, resulta que es algo habitual, que le ocurre a todo el mundo,  y que tiene hasta un nombre científico -con palabras griegas, como las cosas serias e importantes- para definirlo. No es más que pareidolia.

Además, dicen, tiene causas físicas. Resulta que nuestros cerebros están organizados de forma muy específica para reconocer caras, y así, incluso cuando solo hay una ligera sugerencia -líneas en el baldosín o volúmenes en la nube- de rasgos faciales, el cerebro enseguida los interpreta automáticamente como un rostro.

Aunque no creo que éste de las plantas secas, que, indolentemente, he fotografiado el otro día, se pueda considerar un caso de pareidolia. Se parecen demasiado, y sus líneas y formas no son una simple sugerencia. Resultan, casi, definitivas.

Son carcasas secas de lo que fueron y aún, rígidas, permanecen. Fueron testigos de algo.

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Novedades discográficas (11)

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Stumpjumper Charlie Parr. Red House Records, 2015

Al otro lado de la colina, donde vive Charlie, casi siempre -siempre que no haya salido de viaje- se escucha su guitarra, la música enroscándose en el aire horas y horas, entre los árboles, más allá del granero y desde el porche.

Sus canciones no parecen de esta época, parecen viejas canciones del folclore americano, música de las montañas o de los campos de algodón. Parece un músico más de los que pueblan la Harry Smith’s “Anthology of American Folk Music”, un músico de blues y de folk de la época de la Gran Depresión. No inventa nada nuevo, pero su autenticidad es feroz y delicada a un tiempo.

Charlie Parr ha grabado ya unos cuantos discos y ahora presenta Stumpjumper, por primera vez con una modesta banda. Pero él es un prodigioso y solitario artesano de la guitarra. Su estilo es único, tiene sus raíces, bien a la vista, en la tradición y alma americana. Es crudo y lírico.

Le interesan las pequeñas cosas que ocurren a su alrededor, y observar cómo cambian imperceptible y constantemente. Un poco así es su manera de tocar la guitarra.

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Es tarde

puesta de sol

Estaba el campo al sol y ahora, de pronto, cae la tarde con cierto aire de irreparabilidad. Las sombras se alargan y el azul del cielo se apaga levemente. Aunque todavía hay pájaros. No nos hemos movido pero tenemos la sensación -cierta- de estar lejos. Abajo, pronto se empezarán a ver las primeras luces. Habrá que regresar.

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Ya sé que es una querencia un tanto extraña, pero he vuelto a leer a Berceo. Es tan primitivo y tosco que oxigena. Aunque esta vez ha sido un texto más breve -y aún más tosco y esquemático-, como si, al escribirlo, hubiera querido acabar pronto, sin esmerarse demasiado. Se trata del Martirio de San Lorenzo.

Además, este poemita es su única obra que nos ha llegado incompleta. Dicen los eruditos que deben faltar la relación de los milagros que hizo el santo post mortem y la obligada conclusio moralizante y laudatoria. Está incompleta pero, por lo menos, se ha conservado hasta el tueste.

Ahí termina, cuando arde.

Martirio de San Lorenzo3

Este poema del siglo XIII no hace más que repetir el esquema de las vidas de los mártires, que, a su vez, no dejaban de ser héroes novelescos a lo divino. En lugar de dar mandobles, hacían milagros. En lugar de casarse con la princesa, mueren y ascienden a los cielos.

Al principio, como en todos los cuentos, como en todas las historias, todo va bien. De manera un tanto tosca y primitiva -esto es, magnífica- lo explica Berceo:

Bien estaba la cosa,  corrié viento temprado,
non sacava de casa   al fijo el adnnado,
mas volvióse la rueda,   fue el ax trastornado,
fue el verano todo  en ivierno cambiado.

(Todo estaba bien, corría una suave brisa, no venían de fuera a echarte de tu casa… pero giró la rueda de la fortuna, el eje se rompió, y lo que era verano se convirtió en invierno)

Lorenzo, hombre santo y bueno, llega a convertirse en la mano derecha del obispo. Son los años de los primeros cristianos. El poder les tiene bastante inquina.

Requerido por el emperador romano a que le entregue las riquezas de la iglesia, prefiere repartirlas entre los pobres. De paso, cura tullidos y devuelve la vista a los ciegos. Al pérfido emperador todo esto -especialmente que no le entregue el oro- le pone de los nervios. Ordena su captura y muerte en especial suplicio.

Muchos fueron los primeros cristianos masacrados. Las Actas de los Mártires guardan las transcripciones oficiales de cada proceso y condena. Al principio eran solo eso, los fríos legajos guardados en los archivos romanos. Más tarde, se empiezan a escribir historias cada vez más fantásticas y exageradas. Un poco como pasa siempre.

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Pero estas primitivas Acta Martyrum son una buena base de datos para aquellos amantes -que cada vez, creo, son más- de lo que llaman bdsm y otras historias que van, incluso, un poco más allá. Aquí están recopiladas numerosas torturas de una fiereza inusitada, de gran sadismo y crueldad, exquisitas y atroces. Calabozos sombríos, potros, hierros candentes y fieras hambrientas, etcétera.

Nuestro protagonista, además de no tener escapatoria, lo estaba deseando.

Por más pena li dar,   muerte más sobracera,
fiziéronli un lecho   duro de grand manera,
non avié en él ropa   nin punto de madera,
todo era de fierro   quanto en élli era.

De costillas de fierro   era el lechigal,
entre sí derramadas   por el fuego entrar;
fiziéronli  los piedes   e las manos atar,
mandóse élli luego   en el lecho echar.

Dicen los eruditos que la crueldad de quemar a fuego lento era contraria a la tradición romana. Los romanos preferían la decapitación y cosas así, aunque a veces optaban por la crucifixión o la simple exposición a fieras salvajes que llevaban semanas sin probar bocado. Con Lorenzo parece que innovaron.

Las flamas eran bivas,   ardientes sin mesura,
ardié el cuerpo santo   de la grand calentura,
de lo que se tostava   firvié la assadura;
qi tal cosa asmava   no li mengüe rencura.

Un poco después habla, ya entre las llamas, Lorenzo para dar órdenes con un peculiar sentido del humor y un raro sarcasmo, bastante tosco, sí, y bastante primitivo.

“Penssat -disso Laurencio-   tornas del otro cabo,
buscat buena prevada   ca assaz so assado” (…)

(*Bueno, la prevada era una especie de salsa que se hacía para sazonar algunas viandas, con pimienta, azafrán, clavo y otras especias)

En siglos posteriores abundaron numerosas reliquias del santo. Los mismos eruditos dudan de las mismas. Les sorprende que después de tal suplicio pudiera quedar alguna en buen estado.

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mar

La corriente nos trae y nos lleva,
nos arrastra tal vez demasiado;
despreocupados, nos dejamos
llevar plácidamente, lejos.

O si no, somos nosotros
los que nadamos alejándonos
de la orilla, mar adentro.
Luce el sol y brilla el agua.

Entonces, al borde casi
del horizonte, nos agitamos
y braceamos y manoteamos,
salpicándonos con el agua,

no se sabe muy bien si de alegría,
y por eso hacemos gestos
con los brazos, entusiasmados,
moviéndolos al aire,

o es que acaso nos estamos
ahogando y estemos pidiendo
ayuda, desesperados.
Los gestos son muy similares.

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