Los vestidos del emperador. Otro cuento real

mannequin

El emperador no sabía qué ponerse.

Tenía los armarios -decenas y decenas de armarios- llenos de vestidos y ropajes fastuosos. Todos los había diseñado su modisto favorito. Quien no supiera apreciar su refinado estilo y su apabullante elegancia, era, sin más, un ignorante y un pobre zafio.

Así que todos, en cuanto tenían ocasión de ver al emperador luciendo sus trajes, no podían menos que quedarse boquiabiertos, enarcar las cejas y mostrar su más sumisa aprobación. No habían visto en su vida cosa igual. Y tenían que reconocer, además, la prestancia del emperador al llevar tales prendas, lo hacía con una naturalidad tal, que era como si no llevara nada.

Esa mañana no sabía qué ponerse, eran tantos y tan lujosos los trajes que, en el fondo, de lo que tenía ganas era de salir desnudo, de no llevar nada. Pero como era el emperador, tenía mantener las apariencias. Y eligió un traje cualquiera.

A todo el mundo le iba a parecer magnífico.

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