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Archive for 30 junio 2015

Los despueses

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Después de todo, no fue nada, aunque habrá que esperar a lo que vendrá después. Por eso no conviene -aunque no hagamos otra cosa que hacerlo siempre- dejarlo todo para después. Sobrevivimos porque creemos que después será mejor. No ahora. (No preguntes). Más tarde. Después.

Todavía no hemos aprendido -ni creo que lo hagamos ya- que cada segundo de nuestra vida marca un antes y un después. Sobre todo un después.

Pero, después ¿de qué? ¿Cuándo entonces? ¿Después de la tormenta o justamente antes de la calma? ¿Habrá que esperar, acaso, al día después del Juicio Final? ¿Y si se alarga en exceso ese dichoso Juicio? ¿Y si recusan al Juez por prevaricación?

Porque ¿qué viene después de después? Probablemente más después.

Cae la tarde y ya tenemos nostalgia de la primera lluvia que caiga después de que hayamos muerto.

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El hilo

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Llega un tiempo en el que percibes que todo pende de un hilo. Un hilo que no sabes si será lo suficientemente resistente, lo suficientemente largo, lo suficientemente flexible.

Llega un tiempo en el que parece que es el mismo tiempo el que pende de un hilo.

Colgamos de él, de ese hilo del tiempo, confiados en que aguante. Y aguanta, claro que aguanta. Nos lleva de un lado a otro. Es resistente, largo, flexible.

Y lo es hasta que deja de serlo.

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Los interruptores

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Los interruptores se dan mucha importancia. Debe ser porque uno los busca siempre -o llega a ellos de manera inconsciente, simplemente palpando una pared- y tiene la sensación -no sé si la equivocada certeza- de que no puede vivir sin ellos. Normalmente se sitúan en lugares visibles, mostrándose, como queriendo decir que ahí están y que sin ellos nada funciona, aunque también los hay ocultos, disimulados, diseñados con una falsa discreción.

Los interruptores tienen algo de obsceno. O bien sobresalen un tanto priápicamente o bien requieren un suave y presionante contacto. Su mecanismo -como el mecanismo de todo lo obsceno- es simple, básico, central. Dos contactos, originalmente separados, se unen para que la corriente circule, fluya más bien. Aunque tiene que haber algo, una parte ajena, móvil, que los obligue a mantenerse unidos. Hasta que dejan de estarlo.

Los interruptores se creen que son ellos quienes hacen la luz.

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Argumentos (12)

Nos han contado una película, nos hemos creído otra, nos hemos montado otra, nos creemos protagonistas de otra, aunque luego, después de tantas películas, resulta que la película real es bastante diferente, más bien un documental.

Pero siempre, cuando nos preguntan o tenemos la ocasión, contamos otra película, distinta.

Aquí dejo, de nuevo, algunos viejos argumentos, más bien sinopsis, aparecidas en las páginas de la televisión de viejos periódicos.

 

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Un hidroavión aterriza en una isla del Pacífico.

–O–

Un hombre duro y desencantado regenta un café en Casablanca durante la ocupación alemana.

–O–

Un científico es atrapado y esclavizado por un cerebro que tiene en su laboratorio para experimentar.

–O–

Una pareja de enamorados comienza a tener problemas precisamente cuando se casan.

–O–

Danny, Spikes y Silk son tres adolescentes con unos cuantos sueños, algo de talento y ni la más mínima idea de qué hacer con sus vidas.

–O–

Próximo a cumplir los 30 años, Agustín quiere volver a ver a sus padres. Va en compañía de Armando, un amigo que ha dejado su trabajo en el circo después de la muerte de su perro amaestrado.

–O–

En la Inglaterra medieval, el despiadado príncipe Juan gobierna el país mientras su hermano Ricardo está luchando en las Cruzadas. En el castillo de Nottingham tiene lugar un torneo, y sir Guy de Gisbourne es derrotado por el apuesto Robin Hood.

–O–

En Milán, el doctor Arturo Bonani trabaja en una emisora privada. Volviendo a su casa se encuentra con Mike, un viejo amigo de juventud. Mike está desesperado.

–O–

El fogonero de un barco que realiza una travesía africana se enamora de una de las pasajeras.

–O–

En la ciudad de Tarso, durante el imperio de Adriano, un grupo de esclavos es conducido al mercado.

–O–

Una mujer decide abandonar a su marido para capitanear una banda de forajidos.

–O–

A mediados del siglo XIX, un doctor británico que experimenta con anestésicos se convierte en adicto a los narcóticos y termina profanando sepulturas.

–O–

Un atractivo hombre blanco y una bella mujer polinesia se enamoran en los mares del Sur pero tienen que huir.

–O–

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San Juan

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Suena la música a lo lejos y el aire mueve las hojas de los álamos, que brillan al último resol de la tarde. Unas nubes blancas han decidido deshilacharse. Pero el cielo es todavía azul.

Dicen que esta noche será la más corta, por eso, cuando suena la música a lo lejos, es todavía de día y la luz bruñida, ambarina, aún potente, de la tarde, espejea sobre las hojas de los álamos y sobre los vasos abandonados al borde del escenario.

Se ha perdido una niña, anuncian los altavoces que repiten su nombre. La noche llegará con algo de retraso.

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recorte

A veces uno se empeña en que todo salga rodado y al final las cosas salen como si se hubieran hecho exactamente al revés.

Con esfuerzo, con dedicación, intentado tenerlo todo previsto, para que no se escape nada, controlando hasta el más pequeño detalle, calculando cada posibilidad y previendo cada consecuencia, limitando al máximo cualquier posible desviación, dejándonos la vida en ello, para que todo salga bien, y todo esté bien, nos proponemos realizar cada acto que emprendemos, como si nos fuera la vida en ello.

Y demasiado a menudo, al final, las cosas toman su propio rumbo, su imprevisible deriva, su caprichosa -y dolorosa- manera de rebelarse, abocándonos, una vez más, al fracaso.

A veces, las cosas salen, como dice el recorte, como si se hubieran hecho exactamente al revés. ¿Para qué, entonces, tanto esfuerzo? Pero, si nos paramos a pensarlo, o dejamos que pase un tiempo y volvemos a observar el resultado -aquello exactamente al revés de como lo habíamos previsto-, nos damos cuenta de que también está bien así.

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Caballerías

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Casi todo el mundo conoce -o al menos ha oído hablar de ellas- las novelas de caballerías, aunque nadie las haya leído. Pasa un poco lo mismo con el libro que las hizo famosas para el resto de la posteridad. Me refiero, claro, a El Quijote, otro libro que todo el mundo conoce pero que casi nadie ha leído.

Tampoco es obligatorio.

Estas novelas de caballerías gozaron de un éxito extraordinario allá por los siglos XV y XVI. Debían ser como aquellas novelitas del oeste que se podían alquilar en cualquier quiosco de aquellos en los que también se vendían cigarrillos sueltos. O como el cine ahora.

Eran trepidantes historias de aventuras en las que las peripecias se sucedían una detrás de otra sin dejar respirar al lector o a los que escuchaban. Las historias invariablemente acababan bien, pero siempre resultaban apasionantes. Surge el amor y surgen los problemas, las separaciones, y un largo camino de obstáculos y adversidades para recuperar lo perdido, para que se restablezca el orden original. Los caballeros eran esforzados, valientes y fieles, y las damas hermosas y constantes.

De entre nutrido grupo de novelas sin importancia -solo importaba contar una historia admirable, trepidante, previsible y de final feliz- la posteridad -más bien los críticos- solo han salvado el Amadís de Gaula y el Tirante el Blanco.

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Pero hay muchas más. Por eso me he adentrado -con algo de prevención- en la lectura del Libro del Conde Partinuplés.  Y, bueno, no fue tan terrible. Se trata de una novela francesa del siglo XII –Partinopeus de Blois– que luego fue traducida al castellano –Libro del esforçado cauallero conde Partinuples, que fue emperador de Constantinopla-, probablemente en el siglo XV.

El inicio de la novela nos hace entrar de lleno en el mundo de los encantamientos: la protagonista, cuando niña, podía hacer descender una nube, subirse a ella y andar encima de ella, por los limpios cielos azules.

…hobo el emperador una hija de la emperatriz, que hobo por nombre Melior. Complidos los tres años, era la más limpia e la más sabia de todas las mujeres del mundo, que cuanto le enseñaba la dueña sabía, que más sabía la niña cuando cumplió los ocho años, que sabía hacer descender la nube e sabía andar encima cuando ella quería.

Años después, enamorada del conde, como seguía teniendo mágicos poderes, le llevó a bordo de un misterioso barco, hasta un castillo encantado donde lo tuvo, por así decir, también encantado y preso de ese encantamiento, para gozar allí de él. Lo tuvo un año sin ver a otra persona en el mundo.

E desque ella fue cerca de la cama, desnudose los paños e acostose en la cama. E después el doncel la sintió que estaba acostada, allegose cerca de ella e tomola en sus brazos con muy gran placer. E así estovieron abrazados holgando con el mayor gozo del mundo.

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Pero la dicha muy pronto se acaba, o algo la impide. Hubo, pues, numerosas aventuras, traiciones, abandonos, exilios, luchas y gran torneo final para elegir al mejor caballero del mundo y, de paso, recuperar el amor -y la confianza rota- de la emperatriz.

E luego echaron mano a las lanzas, e fuéronse a dar tan grandes golpes cuanto la fuerza de los caballos los pudo llevar. E de tal guisa se dieron los golpes, que hicieron volar por piezas las lanzas. Luego echaron mano a las hachas, e tan grandes golpes se dieron hasta que saltaron los yelmos de las cabezas. E no se hicieron ninguna cosa. E veyéndose así, echaron mano a las espadas. E diéronse tan grandes golpes que hacían saltar las centellas de los yelmos.

Antes de llegar a la prueba definitiva y superarla, estuvo el conde preso en Damasco, y tuvo, para llegar, que realizar un largo camino de regreso, que hace demacrado y hambriento.

E tanta era la hambre que llevaba, que no podía llevar el yelmo en la cabeza e levábalo  en el arzón delantero de la silla e íbase de pechos encima de él.

Esta imagen me ha recordado al pobre don Quijote después de alguno de sus más sonados desastres. Porque quien devoraba con pasión desordenada los libros de caballería no era Alonso Quijano, sino el propio Miguel de Cervantes.

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