Caballerías

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Casi todo el mundo conoce -o al menos ha oído hablar de ellas- las novelas de caballerías, aunque nadie las haya leído. Pasa un poco lo mismo con el libro que las hizo famosas para el resto de la posteridad. Me refiero, claro, a El Quijote, otro libro que todo el mundo conoce pero que casi nadie ha leído.

Tampoco es obligatorio.

Estas novelas de caballerías gozaron de un éxito extraordinario allá por los siglos XV y XVI. Debían ser como aquellas novelitas del oeste que se podían alquilar en cualquier quiosco de aquellos en los que también se vendían cigarrillos sueltos. O como el cine ahora.

Eran trepidantes historias de aventuras en las que las peripecias se sucedían una detrás de otra sin dejar respirar al lector o a los que escuchaban. Las historias invariablemente acababan bien, pero siempre resultaban apasionantes. Surge el amor y surgen los problemas, las separaciones, y un largo camino de obstáculos y adversidades para recuperar lo perdido, para que se restablezca el orden original. Los caballeros eran esforzados, valientes y fieles, y las damas hermosas y constantes.

De entre nutrido grupo de novelas sin importancia -solo importaba contar una historia admirable, trepidante, previsible y de final feliz- la posteridad -más bien los críticos- solo han salvado el Amadís de Gaula y el Tirante el Blanco.

el conde partinuples

Pero hay muchas más. Por eso me he adentrado -con algo de prevención- en la lectura del Libro del Conde Partinuplés.  Y, bueno, no fue tan terrible. Se trata de una novela francesa del siglo XII –Partinopeus de Blois– que luego fue traducida al castellano –Libro del esforçado cauallero conde Partinuples, que fue emperador de Constantinopla-, probablemente en el siglo XV.

El inicio de la novela nos hace entrar de lleno en el mundo de los encantamientos: la protagonista, cuando niña, podía hacer descender una nube, subirse a ella y andar encima de ella, por los limpios cielos azules.

…hobo el emperador una hija de la emperatriz, que hobo por nombre Melior. Complidos los tres años, era la más limpia e la más sabia de todas las mujeres del mundo, que cuanto le enseñaba la dueña sabía, que más sabía la niña cuando cumplió los ocho años, que sabía hacer descender la nube e sabía andar encima cuando ella quería.

Años después, enamorada del conde, como seguía teniendo mágicos poderes, le llevó a bordo de un misterioso barco, hasta un castillo encantado donde lo tuvo, por así decir, también encantado y preso de ese encantamiento, para gozar allí de él. Lo tuvo un año sin ver a otra persona en el mundo.

E desque ella fue cerca de la cama, desnudose los paños e acostose en la cama. E después el doncel la sintió que estaba acostada, allegose cerca de ella e tomola en sus brazos con muy gran placer. E así estovieron abrazados holgando con el mayor gozo del mundo.

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Pero la dicha muy pronto se acaba, o algo la impide. Hubo, pues, numerosas aventuras, traiciones, abandonos, exilios, luchas y gran torneo final para elegir al mejor caballero del mundo y, de paso, recuperar el amor -y la confianza rota- de la emperatriz.

E luego echaron mano a las lanzas, e fuéronse a dar tan grandes golpes cuanto la fuerza de los caballos los pudo llevar. E de tal guisa se dieron los golpes, que hicieron volar por piezas las lanzas. Luego echaron mano a las hachas, e tan grandes golpes se dieron hasta que saltaron los yelmos de las cabezas. E no se hicieron ninguna cosa. E veyéndose así, echaron mano a las espadas. E diéronse tan grandes golpes que hacían saltar las centellas de los yelmos.

Antes de llegar a la prueba definitiva y superarla, estuvo el conde preso en Damasco, y tuvo, para llegar, que realizar un largo camino de regreso, que hace demacrado y hambriento.

E tanta era la hambre que llevaba, que no podía llevar el yelmo en la cabeza e levábalo  en el arzón delantero de la silla e íbase de pechos encima de él.

Esta imagen me ha recordado al pobre don Quijote después de alguno de sus más sonados desastres. Porque quien devoraba con pasión desordenada los libros de caballería no era Alonso Quijano, sino el propio Miguel de Cervantes.

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6 comentarios sobre “Caballerías

    1. Gracias por el enlace -¡qué trabajo! (Y gracias -especiales- por seguir asomándote a esta página)

      1. Me has recordado aquello que cantaba Camarón: Volando voy, volando vengo / por el camino yo me entretengo.
        Es fundamental eso de entretenerse. Aunque sea con cualquier cosa sin importancia.

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