Escena (2)

Él la miró. Ella hizo como si no se hubiera dado cuenta. Sostenía el mando con desgana. Cada uno estaba en una esquina del tresillo. Ella tenía las piernas dobladas y una rodilla levantada. Los niños se habían ido a dormir. Él volvió a mirarla.

Entonces ella, sin decir nada, como un resorte, se levantó y se fue a la cocina a beber un vaso de agua. No le apetecía levantarse ni ir a la cocina. Tampoco tenía sed. Cogió un vaso y dejó correr el agua. Bebió sin ganas y tiró el resto del agua al desagüe de la pila.

Volvió al salón, se retrepó en su rincón y cogió el mando con desgana.

Ya en la cama, a oscuras, con los ojos abiertos, ella pensaba en el agua yéndose por el desagüe de la pila.

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Escena

bar

Le conozco desde hace años.

Sé que, últimamente, no le han ido muy bien las cosas. Por eso no acabé de entender su decisión. Cuando me lo contó me alegré muchísimo por él. Su sueño, la posibilidad de alcanzarlo por fin, estaba al alcance de su mano.

Pero, a medida que lo estaba contando, entre sorbo y sorbo, me di cuenta de que tenía decidido que no iba a hacer nada, de que lo iba a dejar pasar, de que lo iba a tirar todo por la borda.

Terminó la copa, llamó al camarero y pagó la cuenta. Yo estaba perplejo y no acertaba a decir más que pero…, como si fuera tartamudo.

Antes de marcharse y salir, con tres cuartos de sonrisa, me dijo:
-Ya sabes, las oportunidades están para desaprovecharlas.

Autopsia de la luz

luz

Cuando hagan la autopsia de la luz, comprobarán que por dentro es negra. Aunque si algún día muere, será por muerte natural y no habrá necesidad de hacerla. Nos ahorraremos esa odiosa comprobación y rezaremos, cabizbajos, un responso, lleno de agradecimiento y de pena, por ella.

Pero si esto ocurriera, tampoco estaríamos nosotros aquí, porque la luz viaja de la mano del tiempo, y, sin tiempo, no tendríamos espacio en el que vivir.

Todo pudiera ser también una ficción, un juego más bien, en el que la luz, a menudo, le gusta disfrazarse de sombra, y es por la noche cuando más disfruta. Es el brillo el que se apaga, pero la luz persiste.

Regreso a casa y al entrar compruebo que los espejos funcionan con el eco de la luz. Me veo en ellos disfrazado de sombra y de la mano del tiempo. En mi casa hay que encender el agua y abrir la luz.

Lo breve

Baltasar Gracián

Jesuita y maño, Baltasar Gracián no era capaz de escribir por extenso. Su lenguaje es siempre cerebral y concluyente. Cada palabra se carga de significado y puede referirse, en una pirueta de la sintaxis, a distintas palabras de la misma -y cortísima- frase. Exige su lectura un constante esfuerzo de concentración. Agota y desespera mucho más que si hubiera escrito por extenso, avanzando dando vueltas con largas perífrasis. Gracián no da vueltas, y si las da, da solo una.

Tanta brevedad tiene la economía de un disparo.

Tanta densidad, aglutinación y polisemia resulta bastante incómoda y algo desagradable. Tanta elipsis acaba poniendo de los nervios. Se establece una red de asociaciones semánticas en la que el lector se llega a sentir como un insecto atrapado en una tela de araña.

Uno, a menudo, no sabe a qué atenerse, tiene que suponer esos elementos elididos, ya sean significados, ya sean los conectores lógicos de la frase. Y acaba agotado al cabo de una o dos páginas. Es constante el juego de la elusión. El cabrón de Gracián se divertiría un montón escribiendo.

Tanta concentración de significado en un mínimo de palabras nos deja siempre la sensación de que algo se nos ha escapado o hemos entendido otra cosa que la que realmente quiere decir. Si quieres ser oscuro, se sintético. Cada frase se convierte en un acertijo. Los mecanismos de la retórica barroca funcionan aquí a pleno rendimiento.

Uno cree que es más fácil perderse en las frases largas, llenas de subordinadas y periodos complejos. Pero no. La prosa de Gracián no las utiliza y su lectura es especialmente ardua. Llevas leídas dos palabras y ya te has perdido. Tienes que deducir tú el sentido para poner ordenar la sintaxis.

el_heroe_gracian

Como era un moralista, toda su obra no es más que un manual que recoge las habilidades, virtudes y recursos que ha de tener el hombre para ser un hombre recto y no caer en el engaño, el interés y la malicia. Por eso su primer libro -más bien un librito de escasas páginas- se titula El Héroe, en el que establece las prendas más relevantes que conforman al héroe, esto es, al hombre virtuoso.

De forma irresponsable, con unas temperaturas propias del interior de una tintorería, he estado estos días de fuego y plomo -eso sí, a traguitos muy cortos-, leyendo esta obrita que se publicó en 1637. A otros les da por morder esquinas.

He apuntado aquí algunas de las ideas y frases más sencillas e inteligibles, dadas estas temperaturas.

Habla de la fortuna y dice:

Ésta es aquella reina tan soberana, inescrutable, inexorable, risueña, con unos esquiva, con otros, ya madre, ya madrastra, no por pasión, sí por la arcanidad de inaccesibles juicios.

Y añade:

Estiman algunos más una onza de ventura que arrobas de sabiduría…

Y avisa que…

Prosperidad muy apriesa, atropellándose unas a otras las felicidades, siempre fue sospechosa; porque suele la fortuna cercenar del tiempo lo que acumula del favor.

También acusa al hombre de justificarse constantemente:

¡Oh, si hubiera espejos de entendimiento, como los hay de rostro! Él lo ha de ser de sí mismo y falsifícase fácilmente. Todo juez de sí mismo halla luego textos de escapatoria y sobornos de pasión.

Y como sigue apretando inmisericorde el calor, acabo ya con esta frase:

¿Qué importa que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda?

Músculos

facial

Los músculos se activan y se tensan, las pequeñas fibras o filamentos que los conforman se contraen. Esa actividad, esa tensión ininterrumpida, forma parte fundamental del cuerpo, es necesaria para la vida. Pero habitualmente sometemos todo el día a nuestro pobre cuerpo a una actividad frenética y, a menudo, absurda.

Por eso, ahora, cada vez más, buscamos relajarnos, que esa actividad constante y esa tensión agotadora disminuya hasta desaparecer, si no por completo, sí todo lo posible.

Los medios utilizados para ello son diversos, y casi todos inútiles, cuando no, catastróficos.

Sin embargo, hay músculos que cuando se encogen, cuando sus filamentos contráctiles se activan y tensan -de manera natural, nunca forzada-, se produce una sensación real de bienestar, casi de placer, de relajación.

Ocurre cuando sonreímos.

Comparativa (18)

farola

como el paso de las estaciones en las estaciones de tren
como un prestidigitador artrítico
como María Antonieta yendo a la peluquería el día antes
como regar mientras llueve
como una farola encendida de día
como una grúa averiada que se llamara a sí misma
como Proust desayunando galletas
como un edificio abandonado lleno de palomas y de gatos
como un amanecer un poco más lento
como un bebé echando su pequeña cabeza hacia atrás mirando hacia lo alto hipnotizado por la luz

Cabezas

manilla

Hay personas que tienen la cabeza muy bien amueblada. Impera en ellas el orden y la claridad. Cada cosa está en su sitio y siempre encuentran lo que necesitan.

Pero no son muy habituales. Es más normal que sean como leoneras, en las que todo anda manga por hombro y nunca das con lo que quieres, sabiendo que, por algún lado, lo dejaste allí el otro día.

Otras son auténticas jaulas de grillos. O, por el contrario, están tan vacías como un camión frigorífico que haya terminado el reparto.

Y otras son como esas casas, ya de por sí algo desastrosas, en las que, por si fuera poco, hubieran entrado unos ladrones a robar.

Mi cabeza parece más bien un cuarto trastero, llena de cosas inservibles y cubiertas de polvo.