Denigración del verano

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Con el verano acaba todo, pero no de una manera figurada y encantadora, sino real y definitiva. Todo termina. Es, lo miremos como lo miremos, el final. Las cosechas están en su plenitud y, bueno, ya sabemos lo que viene después. No queda nada y es el sol implacable, como un ojo tuerto y abierto, quien mira el mundo vacío.

El verano, entonces, nos trae de la mano una falsa sensación de libertad, tan falsa como el verde césped de las piscinas regado con aspersores al caer el sol o como el intenso y artificial frío helador de los centros comerciales.

Tenemos, dicen, más tiempo para nosotros y nuestras cosas. Y ese es otro problema añadido, un regalo envenenado. Hemos llegado hasta aquí para esto y la caja estaba vacía. Las horas se estiran mientras los visillos permanecen quietos a pesar de que la ventana está abierta.

Podemos también, incluso, largarnos lejos y descubrir y visitar otros lugares. Y eso está bien. Si no fuera porque, al hacerlo, tenemos que cargar, obligatoria y tristemente, no ya con el equipaje, sino con nosotros mismos, equipaje mucho más pesado e inexcusable que el otro.

Pensamos que somos más libres, que por fin podemos disfrutar de todo el tiempo y de más días y nuevos lugares, que somos, de esta manera tan despreocupada, más felices, porque llevemos menos ropa, calcemos chanclas y llevemos una toalla al hombro.

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