Lo breve

Baltasar Gracián

Jesuita y maño, Baltasar Gracián no era capaz de escribir por extenso. Su lenguaje es siempre cerebral y concluyente. Cada palabra se carga de significado y puede referirse, en una pirueta de la sintaxis, a distintas palabras de la misma -y cortísima- frase. Exige su lectura un constante esfuerzo de concentración. Agota y desespera mucho más que si hubiera escrito por extenso, avanzando dando vueltas con largas perífrasis. Gracián no da vueltas, y si las da, da solo una.

Tanta brevedad tiene la economía de un disparo.

Tanta densidad, aglutinación y polisemia resulta bastante incómoda y algo desagradable. Tanta elipsis acaba poniendo de los nervios. Se establece una red de asociaciones semánticas en la que el lector se llega a sentir como un insecto atrapado en una tela de araña.

Uno, a menudo, no sabe a qué atenerse, tiene que suponer esos elementos elididos, ya sean significados, ya sean los conectores lógicos de la frase. Y acaba agotado al cabo de una o dos páginas. Es constante el juego de la elusión. El cabrón de Gracián se divertiría un montón escribiendo.

Tanta concentración de significado en un mínimo de palabras nos deja siempre la sensación de que algo se nos ha escapado o hemos entendido otra cosa que la que realmente quiere decir. Si quieres ser oscuro, se sintético. Cada frase se convierte en un acertijo. Los mecanismos de la retórica barroca funcionan aquí a pleno rendimiento.

Uno cree que es más fácil perderse en las frases largas, llenas de subordinadas y periodos complejos. Pero no. La prosa de Gracián no las utiliza y su lectura es especialmente ardua. Llevas leídas dos palabras y ya te has perdido. Tienes que deducir tú el sentido para poner ordenar la sintaxis.

el_heroe_gracian

Como era un moralista, toda su obra no es más que un manual que recoge las habilidades, virtudes y recursos que ha de tener el hombre para ser un hombre recto y no caer en el engaño, el interés y la malicia. Por eso su primer libro -más bien un librito de escasas páginas- se titula El Héroe, en el que establece las prendas más relevantes que conforman al héroe, esto es, al hombre virtuoso.

De forma irresponsable, con unas temperaturas propias del interior de una tintorería, he estado estos días de fuego y plomo -eso sí, a traguitos muy cortos-, leyendo esta obrita que se publicó en 1637. A otros les da por morder esquinas.

He apuntado aquí algunas de las ideas y frases más sencillas e inteligibles, dadas estas temperaturas.

Habla de la fortuna y dice:

Ésta es aquella reina tan soberana, inescrutable, inexorable, risueña, con unos esquiva, con otros, ya madre, ya madrastra, no por pasión, sí por la arcanidad de inaccesibles juicios.

Y añade:

Estiman algunos más una onza de ventura que arrobas de sabiduría…

Y avisa que…

Prosperidad muy apriesa, atropellándose unas a otras las felicidades, siempre fue sospechosa; porque suele la fortuna cercenar del tiempo lo que acumula del favor.

También acusa al hombre de justificarse constantemente:

¡Oh, si hubiera espejos de entendimiento, como los hay de rostro! Él lo ha de ser de sí mismo y falsifícase fácilmente. Todo juez de sí mismo halla luego textos de escapatoria y sobornos de pasión.

Y como sigue apretando inmisericorde el calor, acabo ya con esta frase:

¿Qué importa que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda?

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